¿Qué es el trastorno antisocial de la personalidad?

El Trastorno Antisocial de la Personalidad es una enfermedad mental por la que la persona que la padece, no puede adaptarse a normas sociales, reglas, leyes o derechos de otras personas, generalmente infringiendo o violando los mismos. Frecuentemente este tipo de comportamiento es delictivo.

Se trata de una patología psiquiátrica grave, que hace que los afectados rehúyan o infrinjan las normas establecidas. Estos actos se cometen, además, a pesar de tener plena consciencia de que están obrando mal. Se parece a otras patologías como la psicopatía, el comportamiento criminal o la conducta criminal, aunque se trata en realidad de una afección distinta, a la que hay que aplicar un tratamiento específico.

Las personas con trastorno antisocial suelen tener un nivel bajo de amabilidad o empatía, así como de responsabilidad. Por ello, es frecuente que estos individuos suelan generar conflictos tanto con otras personas como con la sociedad en general. Suelen ser sujetos ambiciosos e independientes, impulsivos, con poca tolerancia a la frustración y reducida sensibilidad con otras personas. Actúan en beneficio de sus propios intereses, sin tener en cuenta los de los demás.

¿A qué se debe el trastorno antisocial de la personalidad?

Esta enfermedad comienza a desarrollarse en la adolescencia, y se da con mucha mayor frecuencia en hombres que en mujeres. Al igual que en el resto de trastornos de la personalidad, no están claras las causas que lo originan; parece clara la existencia de un cierto componente genético, aunque también son relevantes los factores emocionales y sociales. Así, los posibles elementos que pueden incrementar la probabilidad de padecer este trastorno serían los siguientes:

  • Factores genéticos: es frecuente que las personas con trastorno antisocial cuenten también con familiares con antecedentes de otros desórdenes psicológicos.
  • Factores biológicos: hay indicios de que las personas con este trastorno presentan ciertas anomalías fisiológicas. Algunas de estas serían, por ejemplo, procesos cerebrales alterados, perturbaciones del sistema límbico, o desajustes químicos en el sistema nervioso.
  • Factores psicológicos: también es muy relevante la capacidad de procesamiento emocional del individuo. El carácter y la personalidad de una persona, su capacidad de empatizar con otros, o su forma de sentir y manejar emociones, son elementos que pueden influir en la probabilidad de desarrollar un trastorno antosocial.
  • Factores sociales: cuestiones como la infancia de una persona también pueden ser relevantes en el posible desarrollo de este trastorno. Haber sufrido malos tratos, abusos, o haberse criado en entornos conflictivos se considera un factor de riesgo.

Otro factor de riesgo conocido es el que un individuo haya sufrido un trastorno disocial en su infancia o juventud. Aunque esto no ocurre en todos los casos, sí se ha demostrado una cierta correlación entre ambos desórdenes; así, quienes han padecido un trastorno disocial multiplican sensiblemente su riesgo de desarrollar el desorden antisocial con posterioridad.

¿Cuáles son los principales síntomas del trastorno antisocial de la personalidad?

Se considera como requisito para padecer este trastorno que el diagnóstico se produzca después de los 18 años de edad; sin embargo, los primeros síntomas comienzan a desarrollarse con anterioridad, generalmente en la adolescencia.  Por lo general, la sintomatología más común es la siguiente:

  • Falta de empatía y carencia de remordimientos sobre las consecuencias de las acciones propias
  • Visión distorsionada de la autoestima, narcisismo o megalomanía
  • Buscan la manera en la que puedan conseguir sus objetivos inmediatos
  • Incapacidad para asumir normas, resistencia a sentirse controlados
  • Necesidad de control sobre otras personas, de quienes esperan sumisión
  • Autoconvicción absoluta, confianza total en tener la razón, por lo que no se cuestionan sus actos
  • Dificultad para amoldarse o cooperar con otras personas debido a su pensamiento autocrático
  • Tendencia a achacar sucesos o hechos indeseados a terceras personas, ya que no creen ser culpables de nada; esto refuerza la idea de ser víctima de otros, situación ante la que es necesario defenderse
  • Debido a cómo conciben su autoestima, tienden a sentirse humillados por cuestiones irrelevantes
  • Dificultad para buscar objetivos a medio y largo plazo, lo que les genera dificultades sociales y personales importantes
  • Poca tolerancia al aburrimiento, ya que necesitan buscar satisfacciones inmediatas
  • Empleo de la coacción e incluso violencia sobre otras personas, para reforzar su idea de autoestima
  • Debido a sus conductas impulsivas, incapacidad para tomar en consideración los efectos de sus acciones; esto se da tanto para sí mismos, como para terceras personas
  • En ocasiones carecen de habilidades sociales, pero otras muchas veces pueden ser extrovertidos, carismáticos y encantadores
¿Qué tipos de trastorno antisocial de la personalidad hay?

Existen cuatro tipos de trastorno antisocial o sociopatía, en función de los rasgos que predominen en cada caso. Podríamos hablar, por lo tanto, de los siguientes supuestos:

Sociópata común

Este tipo es el más frecuente de todos los trastornos antisociales. Por lo general, no toman decisiones para perjudicar a otras personas de manera consciente; por ello, si generan un perjuicio no es directamente intencionado, sino más bien una consecuencia involuntaria. Suelen presentar un patrón social más aislado, y se enorgullecen de tener lo que creen una naturaleza rebelde o inconformista. Buscan recompensas inmediatas, por lo que no se establecen metas a largo plazo. También suelen ser personas que no están insatisfechas con su vida.

Sociópata marginado

En este caso encontramos a personas con capacidades emocionales más limitadas; suele tratarse de gente con dificultad o incapacidad para amar o para relacionarse con otras personas. Este aislamiento social es además un factor de riesgo para desarrollar conductas delictivas, ya que los vínculos afectivos son un efecto protector en este sentido. Dentro de este grupo, en el ámbito científico se suele hablar de otros cuatro subgrupos, cada uno con unas características particulares: sociópata desafiante, sociópata hostil, sociópata no empático y sociópata mentiroso.

Sociópata agresivo

En esta categoría encontramos a personas que disfrutan hiriendo o sometiendo a otros individuos; así, con este tipo de actitudes se reafirman, incrementan su autoestima y les permite sentirse poderosos. Además, no solo actúan así para incrementar su sensación de importancia, sino que también disfrutan con ello.

Sociópata disocial

Aquí hablamos de personas normales psicológica y conductualmente, pero que desarrolla conductas sociópatas por imitación. Un ejemplo sería el de un individuo sano que se integra en una banda callejera, y termina desarrollando actitudes agresivas. Estas personas sienten afecto por los miembros de este grupo, pero sin embargo no les importan los sentimientos de personas ajenas al mismo. En estos casos, los factores culturales son los más relevantes, por encima de los psicológicos o los biológicos.

¿Cómo se trata el trastorno antisocial de la personalidad?

Al igual que en la mayor parte de los trastornos de personalidad, las personas antisociales no reconocen estar enfermas. Debido a ello, prácticamente nunca son ellas las que acuden a tratamiento; suelen ser sus familiares, o incluso las instituciones del estado, las que los fuerzan a iniciar una terapia. En cualquier caso, el tratamiento de este trastorno suele ser extremadamente difícil.

En un porcentaje elevado de casos, las personas con trastorno antisocial tienen también adicciones distintas sustancias y drogas. Esto es muy relevante, ya que en estas situaciones la efectividad del tratamiento suele ser más reducida. Más aún, cualquier terapia que se inicie en este tipo de situaciones, debe ir dirigida a resolver ambas problemáticas.

El tipo de técnicas a emplear en el tratamiento de este desorden puede ser muy variado. La terapia grupal puede ser de utilidad, ya que facilita al paciente a comprender cómo desenvolverse socialmente sin necesidad de recurrir a la violencia o a la coacción. También es de utilidad la terapia cognitivo-conductual, que permite modificar algunos de los patrones de pensamiento y conducta del sujeto, evitando así el desarrollo de actitudes delictivas

También puede ser necesario emplear farmacología, habitualmente antipsicóticos, aunque en estos casos corresponde exclusivamente al facultativo médico la prescripción y seguimiento de la misma.

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