¿Qué es la fuga disociativa?

La fuga disociativa es un tipo de amnesia en la que quien la padece pierde algunos recuerdos o su personalidad. Estos olvidos se producen de manera repentina e inesperada, olvidando el individuo por completo quién es; esto puede dar lugar a que abandone los lugares que suele frecuentar, como su familia o trabajo, e incluso que llegue a crear una nueva identidad.

Las fugas disociativas tienen una duración limitada, que puede ir desde unas horas hasta meses o incluso años. Generalmente se manifiestan con la realización de un viaje súbito e inesperado lejos del entorno habitual del afectado. Durante el episodio de fuga, el paciente aparenta actuar normalmente y sin llamar la atención; sin embargo, una vez que acaba, este no es capaz de recordar nada de lo sucedido ni dónde ha estado.

Una vez finalizado el episodio de fuga, el afectado recobra su identidad de manera repentina; esto suele suceder como una aparición espontánea de la conciencia, que a su vez le hace olvidar la fuga. Tras recuperar la conciencia, es frecuente que el individuo sufra sensaciones de malestar. Esto se debe tanto a la confusión ocasionada por no saber qué ha sucedido, como al deterioro que en muchos casos se produce en los ámbitos familiares, laborales o sociales como consecuencia de la fuga. Por ello, es frecuente que aparezcan también otros efectos secundarios como culpabilidad, depresión o ansiedad.

¿A qué se debe la fuga disociativa?

La fuga disociativa está muy relacionada con episodios de trauma o estrés del paciente. Suelen darse por ejemplo en personas que han sufrido abusos sexuales o que han vivido algún desastre natural; de este modo, la fuga disociativa aparece como un mecanismo defensivo para el individuo, permitiéndole evitar ese dolor.

Otra causa frecuente suele ser el cumplimiento de un deseo oculto o anhelo del individuo; o también la necesidad de evadirse de una situación de angustia o vergüenza. Un ejemplo de esto sería el de una persona con una actividad profesional altamente estresante y exigente, que durante sus episodios de fuga crea una identidad que le permita no afrontar dichas responsabilidades.

Muchas veces las fugas, por este motivo, suelen confundirse con enfermedades simuladas; esto se debe a que suponen, en cierto modo, una excusa para no afrontar hechos u obligaciones desagradables. Sin embargo, es importante recalcar que los episodios de fuga no son simulados, sino que el individuo realmente los vive.

Los profesionales sanitarios suelen poder diferenciarlas de estas enfermedades ficticias, ya que hay diferencias sintomatológicas relevantes. Así, en los casos simulados es frecuente que se exageren o dramaticen los síntomas, para intentar hacerlos pasar por verdaderos; y además en estos casos suele haber una serie de motivaciones muy evidentes, como por ejemplo las económicas o personales.

¿Cuáles son los principales síntomas de la fuga disociativa?

En el momento en el que se producen los episodios de fuga, el afectado mantiene una actitud aparentemente normal. No suelen llamar la atención, y como mucho aparentan una actitud levemente desorientada o confusa. Sin embargo, la verdadera sintomatología aparece una vez recuperada la conciencia. En estos casos, es frecuente la aparición de elementos tales como vergüenza, miedo, depresión o ansiedad.

Entre los síntomas más caracterísiticos de las fugas disociativas, podríamos citar los siguientes:

  • Ausencias repentinas o no planificadas respecto al entorno habitual
  • Estado de confusión del individuo
  • Pérdida de la identidad propia o creación de una nueva
  • Incapacidad para recordar sucesos o eventos de un determinado periodo
  • Sensación de malestar emocional
  • Dificultades sociales, familiares o laborales

Una vez finalizada la fuga la persona recupera sus recuerdos e identidad hasta el inicio del episodio. Sin embargo, a veces esta recuperación se produce de manera gradual, y no de manera inmediata. En ocasiones sucede que hay algunos aspectos o recuerdos concretos que no llegan a recuperarse nunca. De manera mucho más infrecuente, puede llegar a suceder que el afectado no llegue a recuperar nunca su identidad.

En la mayoría de los casos, las personas afectadas sufren una única fuga disociativa en toda su vida. En algunas raras ocasiones, se da la circunstancia de que una persona pueda padecer varios episodios. Cuando una persona sufre fugas más de unas pocas veces, muy probablemente se deba a que padezca un trastorno disociativo no diagnosticado.

¿Qué tipos de fuga disociativa hay?

La mayor parte de los síntomas de los periodos de fuga disocitavia son similares entre sí. Sin embargo, en ocasiones se producen pequeñas diferencias en función de los efectos que sufre el paciente. En base a estos efectos, podríamos distinguir entre tres tipologías básicas de fuga disociativa:

  • Fuga con cambio de identidad personal: Es modalidad clásica, aunque no la más frecuente. Aquí, el afectado no puede recordar parte o la totalidad de sus recuerdos ni de su identidad, generando una nueva. Esta nueva identidad permanece hasta que se recupera la memoria; en aquellos casos en los que no se llega a recuperar, la nueva identidad permanece definitivamente.
  • Amnesia de identidad personal: Esta tipología es más frecuente que la anterior. En estos casos, el individuo olvida parte de sus recuerdos e identidad, pero no llega a generar una nueva. Podría decirse que el individuo no cree ser otra persona, sino que desconoce quién es realmente.
  • Regresión a un periodo anterior: Este último caso no implica pérdida de identidad. Aquí, el individuo sigue sabiendo quién es, pero ha olvidado parte de sus recuerdos más recientes. Por ello, cree estar viviendo en una etapa anterior de su vida, antes de que se produjeran los sucesos olvidados.
¿Cómo se trata la fuga disociativa?

El tratamiento de la fuga disociativa tiene como primer objetivo disminuir y controlar los síntomas de la misma. Se trata no tanto de ponerle remedio, sino más bien de atenuar el malestar que esta genera al paciente. Por ello, se considera esencial el control de emociones como el miedo, ansiedad, o estrés, mejorando así la calidad de vida.

Para la consecución de estos objetivos uno de los enfoques más efectivos es el empleo de la psicoterapia. En concreto, el abordaje cognitivo-conductual se ha demostrado como altamente eficaz, ya que permite una mejora sustancial del paciente. Así, se facilita el cambio de pensamientos disfuncionales, evitando la aparición de emociones y sentimientos negativos.

También suele ser necesaria la terapia familiar, ya que este es precisamente uno de los ámbitos más afectados. Con este abordaje, se minimizan los efectos adversos que la fuga disociativa tiene sobre la vida en familia del paciente.

En ocasiones puede ser también necesario el empleo de farmacología, destinada principalmente a controlar los síntomas provocados por la fuga. En cualquier caso, estos tratamientos deben ser realizados siempre bajo prescripción médica.

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