¿Qué es la distimia?

La distimia, también conocida como trastorno depresivo persistente, es una forma leve pero duradera de depresión; de hecho, solo hablamos de distimia en aquellos casos en los que la depresión permanece durante al menos dos años. No es un trastorno tan grave como la depresión mayor, pues los afectados pueden desarrollar su vida con relativa normalidad; habitualmente, quienes lo padecen suelen ser considerados como personas “abatidas” o “tristes”.

Es muy habitual que las personas con distimia continúen con su vida normal sin acudir a tratamiento. Esto se debe a que, en realidad, no desarrollan ningún comportamiento que haga pensar que padecen un trastorno psicológico.

Las personas con distimia suelen sentirse desesperanzadas, improductivas o faltas de energía. Así, normalmente ven como se resiente su autoestima, lo que les hace difícil sentirse optimistas o incluso felices. Quienes les rodean suelen considerarlos como individuos pesimistas o negativos, incapaces de disfrutar o divertirse.

La distimia es por definición un tipo de depresión de poca gravedad; no obstante, sus síntomas se pueden presentar con un nivel de intensidad leve, moderado o severo. Debido a su larga duración, puede ser difícil de sobrellevar para los afectados y para las personas de su entorno.

¿A qué se debe la distimia?

Según distintos estudios, la distimia es un desorden que afectaría a entre el 1,5% y el 3% de la población. Además, al igual que con el resto de trastornos afectivos, es más frecuente entre las mujeres.

Respecto a qué factores pueden dar lugar a la distimia, este es un aspecto aún desconocido. Al igual que con el resto de tipos de depresión, parece que son varios los posibles desencadenantes. Entre estos, los más comúnmente aceptados son los siguientes:

  • Factores hereditarios: está demostrado que las personas con antecedentes familiares tienen mayor probabilidad de padecer distimia. Esto pone de manifiesto la existencia de una cierta predisposición genética a la hora de padecer este desorden.
  • Factores ambientales: la situación personal de cada individuo en su ámbito social, profesional o afectivo es también relevante. Aquellas personas que están experimentando, por ejemplo, problemas financieros, la pérdida de un ser querido, o un elevado nivel de estrés, tienen una mayor probabilidad de desarrollar problemas afectivos.
  • Elementos fisiológicos: las particularidades del sistema neurotrasmisor o cerebral de un individuo son otro factor a tener en cuenta. Niveles anómalos de sustancias como la serotonita o la noradrenalina pueden influir en la evolución de los estados de ánimo.

De entre estos tres posibles desencadenantes, tradicionalmente se creía que el hereditario era el más relevante. Sin embargo, en la actualidad esto está en entredicho, y cada vez se otorga mayor importancia a los factores ambientales.

También es de destacar que cerca del 70% de los pacientes con distimia padecen además otro problema crónico; es frecuente la aparición de problemas físicos, abuso de drogas o alcohol, desordenes psiquiátricos, etc. En estos casos, es difícil determinar si la distimia es causa o consecuencia de estos otros problemas.

¿Cuáles son los principales síntomas de la distimia?

Ante todo, es importante no confundir la distimia con la simple emoción de la tristeza. Todas las personas sentimos tristeza en un momento u otro de nuestras vidas, es algo normal y saludable. Sin embargo, hablamos de distimia cuando esa sensación de tristeza se hace permanente; para ello, debe presentarse diariamente, prolongándose durante periodos excesivos, superiores a los dos años de duración. Lógicamente, puesto que se trata de periodos tan dilatados, es normal que su intensidad varíe a lo largo del tiempo.

Aunque el patrón más frecuente de las personas con distimia es la sensación de abatimiento o melancolía, existen otros síntomas. Así, podríamos citar como los más habituales los siguientes:

  • Pérdida de interés en actividades que tradicionalmente se disfrutaban o eran consideradas placenteras
  • Sensación de desesperanza, de vacío interior o de falta absoluta de ilusión
  • Dificultad para iniciar o desarrollar tareas, falta de energía o empuje
  • Cansancio, fatiga o sensación de agotamiento
  • Problemas de concentración o a la hora de desarrollar esfuerzos intelectuales
  • Dificultad a la hora de tomar decisiones
  • Excesiva autocrítica, visión permanentemente negativa de uno mismo, baja autoestima
  • Sensación de ira, enfado o rabia
  • Baja productividad en el trabajo o en las actividades desarrolladas
  • Retraimiento social, evitación del contacto con otras personas, reducción de las habilidades sociales
  • Sensación de culpabilidad
  • Aparición de trastornos de la alimentación o del sueño
  • Sensación de ansiedad o de agobio
¿Qué tipos de distimia hay?

Se han propuesto diferentes clasificaciones para la distimia, como por ejemplo en función de cómo responde el desorden a los medicamentos o al tratamiento. Sin embargo, en la actualidad la clasificación más aceptada hace referencia al momento de su primera aparición. Así, se distinguen dos subtipos de distimia, en función de la edad con la que se manifestó el trastorno.

Distimia de inicio temprano

Hablamos de distimia de inicio temprano cuando este desorden surge por primera vez antes de los 21 años de edad. Es el tipo más frecuente y se considera el modo estándar de este trastorno. En estos casos, el desarrollo de los síntomas puede ser gradual, pero suele ser más prolongado en el tiempo.

Distimia de inicio tardío

Aquí hablamos de aquellos casos de distimia que se han presentado tras los 21 años de edad. Suele tratarse de pacientes de edad avanzada con una mayor presencia de comorbilidad con otros problemas. En muchas ocasiones, estos pacientes han tenido previamente algún episodio de depresión mayor.

¿Cómo se trata la distimia?

En el tratamiento de la distimia se ha demostrado la efectividad del uso tanto de medicación como de psicoterapia. Por separado, el empleo de fármacos suele ser más efectivo a la hora de combatir los síntomas; la terapia psicológica, por su parte, es más eficaz a la hora de proporcionar una mejoría en el medio y largo plazo, evitando así posibles recaídas del paciente. En cualquier caso, está demostrado que para el tratamiento de este desorden el empleo de ambas técnicas conjuntamente constituye el abordaje que obtiene mejores resultados.

Dentro del tratamiento psicológico, el enfoque cognitivo-conductual es sin duda el que mejores resultados ofrece. Esta técnica permite al individuo comprender sus emociones y cómo estas afectan a su comportamiento y su estado de ánimo; esto, en última instancia, le facilita las herramientas necesarias para mejorar su situación anímica y fortalecer su bienestar y autoconfianza.

Junto a la terapia individual, en ocasiones se recurre también al uso de terapia grupal. Esta permite mejorar las habilidades sociales y la autoestima del paciente; además, resulta de gran ayuda el poder compartir sus emociones con otras personas que se encuentran en una situación similar. Esto facilita que se rompa el aislamiento de los pacientes y que generen relaciones con otros individuos.

Desde el punto de vista de la medicación, los fármacos más empleados en este tratamiento son los antidepresivos. Estos, al disminuir la sintomatología depresiva del paciente, evitan también la aparición de otros problemas secundarios relacionados con los mismos, como pueden ser por ejemplo la ansiedad, estrés, alteraciones del sueño, etc.

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