El autoconocimiento emocional nos permite saber qué estamos sintiendo en cada momento, de dónde vienen esas emociones y, sobre todo, buscar la forma de gestionarlo. Nuestras sensaciones actúan como una brújula que nos indica el camino o si estamos en una encrucijada. Saber escuchar y entender esa parte es fundamental para poder desarrollarnos y evolucionar.

¿Me escucho?

A lo largo del día pasamos por numerosos estados emocionales y tenemos miles de pensamientos. El problema, es que no solemos ser conscientes de que todo lo que pasa por nuestra cabeza nos está dando indicaciones sobre las decisiones a tomar o los miedos que sentimos. Además, nos están avisando de aspectos ignorados de nuestra vida cotidiana. Puedo estar viviendo una situación desagradable en el trabajo sobre la que debería actuar, pero la ignoro por miedo al conflicto. Otras veces, ocurre que no sabemos detenernos a escuchar a la emoción y vivimos desde la razón, que no es malo, pero no es la experiencia completa.

¿Cuántas veces al día nos paramos de forma deliberada a escucharnos? No es algo que hagamos con frecuencia. De hecho, tal vez no lo hagamos nunca. Y solo cuando el cuerpo y nuestra mente se desbordan, empezamos a escucharnos. De esta forma, estamos desconectados de nuestro propio autoconocimiento.

Cuando todo se desborda

Si nuestras emociones y nuestros pensamientos son la brújula y el termostato de lo que estamos viviendo, ¿qué ocurre cuando lo ignoramos durante un tiempo? En un coche es fácil verlo. Un día se enciende una lucecita en el salpicadero, pero no la miramos. Otro día se enciende otra más, creemos verla, no la analizamos y seguimos como si nada. Y así nuestro coche va mandando avisos que ignoramos, hasta que un día en mitad de la carretera se para y nunca vuelve a arrancar. Es entonces cuando sí prestamos atención, cuando el coche ya ha colapsado y la reparación será más lenta y más costosa. Es eso mismo lo que hacemos con nuestras emociones. Nos van mandando señales, nos avisan de que algo no está bien, pero no hacemos caso. Solo cuando acaba derivando en un desbordamiento emocional nos paramos a ver qué efectivamente algo está mal. Pero ¿es necesario llegar hasta ese punto?

La importancia del aprendizaje

Cuando somos pequeños, estamos plenamente conectados con nuestras emociones. Si observamos a un niño, es todo impulso. Quiere comer cuando tiene hambre, dormir cuando tiene sueño, reacciona ante las injusticias y llora con cada pérdida. Y nosotros, como adultos racionales que somos, buscamos que aprenda a regular esas emociones. Pero realmente no le estamos pidiendo que las regule, sino que las aplace o las bloquee. Ese aprendizaje se empieza a instaurar hasta que se convierten en adultos desconectados de sus sensaciones y emociones. Solo las harán caso cuando sean desbordantes, sin saber tampoco cómo actuar.

Un problema añadido es que, no siempre relacionamos bien la emoción con el estímulo que la desencadena. Nuestras emociones están diseñadas para resolver situaciones concretas y para alcanzar determinadas estructuras. El miedo aparece ante las amenazas para poder poner límites y llegar a la seguridad, por ejemplo. Pero nuestra cultura y nuestra educación pueden distorsionarlo. Ante las amenazas, podemos reaccionar con rabia, rompiendo nuestra seguridad y la del entorno. O podemos vivirlo desde la tristeza, quedándonos paralizados y dando todo por perdido. Por eso, al escuchar nuestras emociones, es importante que veamos también esas disfunciones alejadas del autoconocimiento.

¿Para qué sirve pararme a escuchar lo que siento?

Cuando pensamos en nuestras emociones, creemos que son meras reacciones al ambiente. Interpretamos que, si la emoción es muy fuerte, debe hacerse caso. Si ocurre inmediatamente después de que haya ocurrido algo importante, tendrá un valor. Pero nos estamos olvidando de que, en primer lugar, las emociones no son reacciones. Tienen funciones específicas destinadas a, de una forma o de otra, que alcancemos un bienestar. También olvidamos cómo estamos pasando por estados emocionales todo el tiempo, pero no siempre tienen la intensidad que nosotros consideramos relevante, y no por eso dejan de ser importantes. Y, además, esas emociones no siempre aparecen inmediatamente después de aquello que las detona. Pueden pasar horas, días o, incluso, semanas. Una pérdida, por ejemplo, nos puede llevar a la tristeza cuatro días después.

Si no tenemos en cuenta las funciones emocionales o el que siempre son relevantes, independientemente de su intensidad, no podremos usarlas a nuestro favor. Nos dejaremos llevar por los acontecimientos, controlaremos todo desde la razón y no gestionaremos de forma plena el día a día. Pararnos a escuchar lo que sentimos nos dará el control real sobre nuestra vida para que podamos solucionar lo que ocurre y orientarnos hacia las metas. Esa es la clave del autoconocimiento emocional.

Así puedo entenderme y escucharme

El estado ideal es que cada vez que sintamos una emoción, sepamos pararnos a escucharla, entenderla y gestionarla. Pero esto no ocurre de la noche a la mañana. Tenemos que pasar previamente por una transición. Dejaremos atrás la desconexión emocional hasta alcanzar la atención plena. Para ello, diariamente y al menos una vez al día, detendremos lo que estemos haciendo y haremos un ejercicio sencillo. Es sencillo una vez que lo practicamos y lo vamos dominando. Para todas aquellas personas que nunca paran a escucharse, puede resultar complejo.

Los pasos son los siguientes:

  • Una vez al día (o más) sin que sea siempre a la misma hora, pararé y dejaré de lado lo que esté haciendo. Me tomaré cinco minutos para mí y para el ejercicio de autoconocimiento.
  • Escucharé a mi cuerpo y a mis sensaciones, buscando una emoción o un grupo de ellas. ¿Qué nombre podría darle a lo que estoy sintiendo?
  • Una vez identificado lo que me ocurre, ¿veo de dónde puede venir? No necesariamente es algo inmediato. Si siento soledad, tal vez esa soledad venga desde hace dos días o desde hace dos años.
  • ¿Qué quiere esa emoción de mí? Al principio, podemos tratar de buscar soluciones más sencillas. Por ejemplo con la soledad, hablar con una persona cercana o ver a la familia. Con el tiempo, esas soluciones pueden alcanzar un mayor nivel de profundidad. Buscaremos siempre una forma realista y concreta de gestionarlo.

Entender lo que sentimos, ver la causa y las soluciones es fundamental para nuestro bienestar emocional. Una vida consciente es una vida que puede alcanzar la plenitud. Y para ello, tenemos ya a nuestro alcance los recursos necesarios desde el autoconocimiento: nuestras emociones.

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