La autoexigencia y el perfeccionismo son cualidades que aparecen en muchas personas. En un primer lugar parecen ayudarnos a alcanzar nuestras metas, pero ¿siempre es así? Vemos que son dos cualidades que podrían relacionarse con el éxito o con llegar más alto. A nivel social y laboral son valoradas. Sin embargo, la realidad es otra. Acarrean, en muchos casos, problemas a nivel emocional e, incluso, nos bloquean en el camino hacia lo que queremos lograr.

Dos rasgos frecuentes

La autoexigencia y el perfeccionismo no son rasgos que aparezcan en un grupo pequeño de personas. A nivel social lo vemos con mayor frecuencia. Sí es cierto que creemos que solo las personas que tienen un gran éxito las tienen. Pensamos que serán los rasgos de los alumnos que saquen mejores notas o de los trabajadores que más asciendan. Sin embargo, no es así. Cualquier persona puede tener este rasgo, sea cual sea su nivel de éxito. Lo que sí observamos es que produce malestar psicológico y bloqueos.

La frecuencia de la autoexigencia y perfeccionismo aumenta a medida que se considera socialmente algo valorable. Como nuestros rasgos de personalidad también dependen de la educación y la cultura, podemos ir tomando aspectos que consideremos que son importantes. Es por eso que estos dos rasgos, al estar bien vistos, van apareciendo con frecuencia. Sin embargo, solo conocemos una parte, que ni siquiera refleja la realidad. Creemos que, si nos exigimos constantemente y solo buscamos la perfección, siempre llegaremos alto. En la práctica vemos que esto no es así.

¿De dónde vienen estos rasgos?

Autoexigencia y perfeccionismo vienen de la necesidad de una persona de alcanzar grandes metas. Quiere llegar a ser el mejor, que todo sea perfecto. No siempre va relacionado a sentirse superior, sino simplemente al miedo a estar por debajo. Quiere que todo lo que haga sea válido y suficiente, y para eso, al tener un estándar de calidad tan alto, debe ser el mejor. Por tanto, son cualidades que se relacionan con la emoción del Orgullo, donde no habría una plena valoración de sí mismos y necesitarían apoyarse en factores externos.

Desde que nacemos y a medida que crecemos, observamos a nuestros padres y recibimos mensajes sobre cómo funciona el mundo. Esos mensajes están sesgados, tanto por quien los mandan como por el cerebro del niño. Vamos interiorizando la importancia de llegar alto, que todo esté bien hecho y que, al final, nada es suficiente. Y esos rasgos que aprendemos en la infancia y que se consolidan en la adolescencia, llegan a dominar nuestra vida adulta.

Podemos también ver como en los niños las cualidades de autoexigencia y perfeccionismo pueden suponer ya un problema. Por ejemplo, los bloqueos frecuentes a la hora de hacer exámenes o el miedo constante a fracasar dejarían ver estas cualidades.

¿Por qué son negativos?

Si pensamos en los rasgos de autoexigencia y perfeccionismo pensamos, ¿por qué realmente son malos? Se suponen que nos ayudan a marcar estándares altos de calidad, orientarnos a grandes metas y luchar por ellas. El problema es que no se hace de forma realista. La autoexigencia quiere alcanzar un 100%. Al alcanzarlo, ese 100% ya no es suficiente. Y ahora quiere un 120%, el cual, alcanzado, tampoco será suficiente. Es un vaso que no se llena nunca. Y que, incluso, cuanta más agua echamos, más vacío parece estar. No sabe llegar a un fin y sentirse satisfecho. Nunca nada es lo suficientemente bueno. Con el perfeccionismo ocurre algo parecido, quiere una perfección que, o no se puede alcanzar porque no existe, o que no se puede mantener en el tiempo. Además, si creen estar en esa perfección, se obsesionarán para mantenerla.

Como partiríamos de cualidades que no se basan en un realismo permanente, van mandando a la persona el mensaje de que no son válidos. Su autoestima se daña y la imagen de sí mismo se distorsiona. Genera un gran malestar en quien lo sufre y acaba afectando a las diferentes áreas de su vida.

El círculo vicioso

Una vez que la persona se ha vuelto autoexigente y perfeccionista, empieza a definirse en base a estos rasgos. Forman parte de su personalidad y son sus herramientas habituales. Siente que, desde ahí, tiene control de la situación y que, sin ser así, ni sabrá desenvolverse ni llegará a metas altas. A medida que se bloquea por estas cualidades, empieza a tener pequeños errores y fracasos. Lejos de probar otras alternativas, Infla la autoexigencia y el perfeccionismo, con el fin de ser mejor. Esto hará que siga bloqueándose, y seguirá, por tanto, inflando esas cualidades. Se forma un círculo vicioso donde la persona sufre, pero de donde no sabe salir.

Cuando nos damos cuenta de que nuestros propios rasgos, los que creíamos que nos iban a llevar a ser mejor, nos están dañando, sentimos un gran vacío. Y, a la vez, creemos que, si dejamos de buscar la perfección y si dejamos de exigirnos, nunca llegaremos a nada. Además, como ya hemos acumulado diferentes episodios de errores y fracasos, no podemos permitirnos bajar la guardia.

¿Qué ocurre si no hay autoexigencia y perfeccionismo?

Creemos que, si estas dos cualidades desaparecieran, fracasaríamos. Sin embargo, no es así. Que no busquemos ser los mejores o ser perfectos, no implica estar estancados y no avanzar. No habrá un mayor número de errores ni se sacarán peores notas. Lo que sí veremos es que el malestar psicológico se alivia. Ya no busco ser el mejor. Me esfuerzo en lograr aquello que quiero, pero no me bombardeo a mensajes negativos ni me castigo si no alcanzo la perfección.

Aunque a nivel social esté bien valorada la autoexigencia y el perfeccionismo, cuando una persona vive centrada en esos rasgos, el malestar aumenta. En la práctica no son cualidades que siempre nos hablen de éxito ni, mucho menos, de felicidad. Lo que sí nos hablan es de voz crítica, de pensamientos obsesivos o de sensación de vacío y soledad. Autoexigencia y perfeccionismo, por tanto, no irán de la mano del bienestar. Son rasgos que debemos saber entender, ver y equilibrar.

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