Llamamos diálogo interno a todas esas conversaciones que tenemos con nosotros mismos. Son conversaciones en silencio, que muchas veces no nos llevan más de tres frases, pero que otras veces se hacen interminables. Pero ¿son siempre positivas? Podemos ver cómo, en muchas ocasiones, llegan a herirnos y la voz interna se convierte en un enemigo.

Un rasgo definitorio

Cuando hablamos de diálogo interno, podemos pensar que siempre es de la misma forma para todos. Creemos que aparece en nosotros, como si fuera un programa de ordenador, prediseñado para hablarnos desde dentro. Sin embargo, el diálogo interno va surgiendo y perfeccionándose a lo largo de los años, en función de cómo sea nuestra personalidad y las vivencias experimentadas. Suele ser relativamente estable y también cambia según el momento vital en el que nos encontremos o nuestro grado de satisfacción vital.

Lo ideal es que nuestro diálogo interno reconociera que, por ejemplo, estamos pasando un mal momento, y se adaptara a hablarnos de una forma más paciente, positiva o motivadora. Sin embargo, en estos momentos, lejos de aparecer la compasión, lo que aparecería es una fuerte voz crítica que podría llegar a anularnos. Es por eso, que nuestro diálogo interno puede generarnos mucho malestar en determinados momentos.

Se relaciona con la autoestima

La autoestima es un constructo formado por diferentes aspectos, entre los que encontramos el diálogo interno. El cómo me veo, me valoro o me acepto, hará que las cosas que me diga a mí mismo tengan un tono u otro. Además, se retroalimentan. Si mi autoestima es baja, mi diálogo interno empeorará. Si me digo mayoritariamente cosas negativas, mi autoestima seguirá bajando.

También se relaciona con nuestros estados emocionales. Estados de tristeza, van a generar diálogos internos catastrofistas. O, por ejemplo, estados de rabia, van a generar conversaciones con nosotros mismos donde veamos que todo es injusto. Esos diálogos no calmarán los estados emocionales, sino que podrían llevar a que aumenten y nos bloqueen.

La forma del diálogo interno

El diálogo interno se activa especialmente cuando nuestro estado emocional es negativo. En momentos de estrés o ante eventos complicados, es cuando más nos podemos fijar en la forma que tenemos de hablarnos a nosotros mismos. Es aquí donde podemos ver los tipos de diálogo interno más característicos.

Así puede aparecer el diálogo interno:

  • La crítica: es una forma de diálogo que va desde la desvalorización. Todo lo que ocurre es culpa mía y, por tanto, no valgo nada. Es una forma de maltrato a uno mismo.
  • La culpa externa: de la misma forma que el tipo anterior no nos muestra la realidad de forma objetiva, sino desde un extremo, aquí veríamos el otro extremo. Todo es culpa de los demás. Un diálogo interno que no asume responsabilidades, sino que se ensalza y se coloca por encima de los otros.
  • La exigencia: sobre todo en personas más perfeccionistas y con tendencia a la autoexigencia. Cuando algo no sale como ellos esperaban, se culpan y se meten más presión para seguir luchando y conseguir las cosas, pero de una forma ansiosa, que nos pone al límite.
  • A la defensiva: para que el juicio (real o no) de los demás no le haga más daño, se defienden antes de que ocurra cualquier cosa. No quieren mostrar debilidad y llegan a ser agresivos consigo mismos, para después serlo con los demás.
  • La compasión: sí hay un tipo de diálogo interno que nos ayuda en la adversidad, es este. La compasión es simplemente tratarnos desde el respeto, sin buscar dañarnos y teniendo paciencia con nosotros mismos.
El diálogo interno compasivo

De todas las formas de diálogo interno que hay, solo una nos ayuda a crecer y desarrollarnos. Es una forma de diálogo que se basa en la compasión, en tratarnos desde el respeto, la comprensión y la paciencia.

Cuando hablamos de compasión, solemos confundirla con la pena y la permisibilidad. Sin embargo, no se trata de ese extremo. Se trata del punto medio, donde sabemos reconocer el error, entender qué ha ocurrido, pero no autoexigirnos ni desvalorizarnos. Por tanto, el diálogo interno compasivo, se basaría también en eso. Sé analizar qué situación estoy viviendo en ese momento, hacia qué punto querría ir y ver cómo puedo solucionarlo. Busca desarrollo, generar alternativas, darnos tiempo y, sobre todo, hablarnos con cuidado. Desde ahí, llega la verdadera transformación de uno mismo.

¿Se puede cambiar?

De la misma forma que saber analizar partes de nosotros que no nos ayudan y logramos mejorarlas, podemos hacer lo mismo con el diálogo interno. Al no ser estable del todo, sí podríamos entrenarnos para modificarlo, sabiendo reconocerlo y adaptarlo a nuestras necesidades.

Independientemente del tipo de diálogo interno que yo suela tener, puedo llegar a alcanzar un estado de compasión conmigo mismo y con todo aquello que me digo en silencio. Pero, para ello, debo darme cuenta de que lo que ahora me estoy diciendo, por muy buena intención que parezca tener, no me está ayudando.

¿Puedo cambiar mi diálogo interno? Solo en el momento en el que descubro que no es funcional y que, de continuar así, solo me generará más bloqueo y malestar.

Aceptar para dejar ir

Cambiar el diálogo interno no siempre es fácil, a veces necesita de un proceso terapéutico que nos ayude a lograrlo. Pero sí hay una parte que podemos hacer por nosotros mismos, indispensable para todo cambio: aceptar y agradecer.

En primer lugar, debo aceptar que en estos momentos mi diálogo interno no es útil. Tal vez en otros momentos de mi vida sí lo fue, pero ahora no. Debo querer soltarlo para poder dejar espacio al diálogo compasivo.

Y, en segundo lugar, unido al primer paso, debo saber agradecer el diálogo que me ha acompañado hasta ahora. Ha podido tratarse de un tipo de diálogo que a mí me ha hecho daño, pero cumplía algún tipo de función en mí. Lo pude aprender en etapas donde así lo necesitaba o me lo enseñaron los adultos sin una mala intención. Sea cual sea el motivo, lo entiendo, lo respeto y lo agradezco. Desde ahí, desde la aceptación y la gratitud, estaré preparado para relacionarme de una forma diferente conmigo mismo.

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