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El peligro de las expectativas: así nos llevan a la frustración

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Las expectativas son aquellas suposiciones que nos planteamos sobre cómo deberían salir las cosas o cómo algo o alguien debería funcionar. Es lo que creemos que va a ocurrir en el futuro, sea negativo o positivo, y aquello que esperamos que se cumpla. Lo hacemos siempre desde la anticipación y, cuando esas expectativas no se cumplen, ya que no podemos leer el futuro, genera en nosotros una serie de emociones. También ocurre cuando aparece lo que no deseábamos. A veces, estas emociones son positivas, pero no es lo más común. La que sí aparece frecuentemente en aquellas personas con tendencia a generar expectativas es la frustración. Espero algo que no llega, que no me gusta o que se aleja de lo que desearía, lo que me acaba provocando rabia. Aunque habría otra forma más funcional para nosotros de superar esas expectativas.

Lo normal es tener expectativas

Nuestro cerebro está diseñado para generar expectativas sobre aquello que nos rodea, especialmente si son acontecimientos negativos. Esto lo hace como un mecanismo de supervivencia, anticipando amenazas de cara a poder establecer límites que nos pongan a salvo. Durante nuestro crecimiento y con las experiencias que vamos viviendo, esas expectativas empiecen a abarcar cada vez más áreas. Tenemos expectativas sobre la nota de un examen, una cita de trabajo, normas de comportamiento o aquello que creemos que merecemos o deseamos que nos sea devuelto. Pero dichas expectativas pierden su función evolutiva y pueden convertirse en una gran fuente de malestar.

Mientras que intentar predecir acontecimientos futuros que puedan dañarnos es algo funcional para nosotros, el resto de expectativas no lo son. Todas entran dentro de lo que es realmente normal en nuestro cerebro, ya que no le gusta vivir en la incertidumbre, pero no siempre vamos a obtener un beneficio para nosotros.

Tipos de expectativas

Las expectativas que aprendemos a generar a medida que crecemos son únicamente suposiciones sobre el futuro. Creemos que ocurrirán una serie de aspectos, siempre desde la subjetividad. No todas las personas ante la misma situación tendrán la misma expectativa que nosotros. Dicha subjetividad es la que acaba inclinando la balanza hacia el malestar. El pesimismo, de hecho, es ese sesgo negativo sobre una expectativa a futuro.

Pero ¿con qué tipos de expectativas contamos en nuestro repertorio cognitivo?

  • Predicción
    Este tipo de expectativa cree saber lo que ocurrirá en el futuro en función de la experiencia que vendrá. Por ejemplo, vamos a una entrevista de trabajo y, sin datos reales, generamos la expectativa de que saldrá mal. Recreamos en nuestra cabeza lo que va a pasar, normalmente basándonos en experiencias anteriores o en creencias aprendidas. Además, este tipo de expectativa ya trae al presente las emociones del futuro. Con el mismo ejemplo, al decepcionarnos con que la entrevista vaya mal, aunque aún no haya ocurrido, lo empezamos ya a sentir.
  • Normas
    Se basa en las normas que asumimos, tanto a nivel social como personal. Aparecen cuando esperamos recibir un buen trato en una tienda o que nuestro vecino recicle como lo hacemos nosotros. Marcamos un estándar y esperamos que los demás lo cumplan, incluso cuando ni nosotros mismos las cumplimos.
  • Merecimiento
    Esta norma también parte de la subjetividad y se asienta en las creencias y en lo que creemos merecer, hayamos hecho o no méritos para ello, con la idea de la justicia como base. En base a estas expectativas, nuestra conducta también se modifica. Por ejemplo, creemos merecer reconocimiento en el trabajo, amor de nuestra pareja o gratitud por las acciones que realizamos. Sin embargo, no siempre se cumple, lo que alimenta la frustración. Es especialmente peligroso cuando son expectativas irracionales, cuando ni el reconocimiento, ni el amor ni la gratitud son realmente merecidas en base a nuestras acciones. No hago nada bueno en el trabajo, pero espero el aplauso.
“Profecía autocumplida”

Nuestras expectativas, esa forma subjetiva que tenemos de leer el futuro, va a movilizar previamente ya una serie de conductas en nosotros. Si mi expectativa es que la entrevista va a ser un fracaso, cuando llegue a dicha entrevista, estará apático, desmotivado y sin ganas. Esto finalmente hace que la expectativa se cumpla, alimentando aún más la creencia de que mi expectativa era cierta, de que sé predecir lo que va a ocurrir de forma exacta. Este fenómeno se conoce como “profecía autocumplida”, nuestra capacidad de creer que algo va a ocurrir en el futuro y movilizar inconscientemente nuestras acciones actuales para que finalmente se cumpla.

La “profecía autocumplida” retroalimenta nuestras creencias y nuestras expectativas, haciéndonos entrar en un bucle de frustración y pesimismo. Sin embargo, no estamos leyendo el futuro sino que lo estamos creando nosotros mismos con nuestras acciones.

Gestionarlo desde el miedo

Las expectativas parecen basarse en la premisa de que veo lo que va a ocurrir pero permito que la inercia de los acontecimientos siga su curso, aunque introduciendo esas acciones negativas e inconscientes desde la profecía autocumplida. Sin embargo, si creo que una amenaza va a ocurrir, ¿por qué no hago algo para que esto no suceda?

Anticipar una pérdida, que algo no va a llegar a la altura de nuestras expectativas ya me provoca tristeza, por lo que me bloquearé. La alternativa es el miedo: una emoción que nos permite detectar amenazas y generar límites de seguridad para que esto no ocurra.

La tristeza hacia el futuro paraliza; el miedo moviliza nuestros recursos y lo evita o minimiza.

Superarlo desde la tristeza

Una vez que los acontecimientos negativos han ocurrido, independientemente de si hemos hecho algo o no para evitarlo, la emoción más funcional en este caso sería la tristeza. Ha habido una pérdida que aceptar, en primer lugar, y de la que podemos generar un desarrollo o unas alternativas para el futuro. Puedo elaborar un plan de acción para que, si esto vuelve a aparecer en mi vida, pueda enfrentarme a ello y superarlo con éxito.

La rabia y la frustración sobre algo que ya he perdido nos bloquea; la tristeza, sin embargo, nos lleva a la aceptación y al desarrollo.

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3 comentarios en «El peligro de las expectativas: así nos llevan a la frustración»

  1. Es fácil crear falsas expectativas, pero así pueden ser de dañinas, anti-producentes,
    Ej: cuando promovemos un evento, en el que deseamos participen muchas personas, ya sea por lo bueno y beneficioso que puede ser para los que asisten, o por conveniencia de los promotores, en cualquiera de los casos podemos ser tentados a crear sin proponernos tal vez, falsas expectativas anunciando que ocurrirán cosas que a las personas les gustaría que ocurrieran, o necesitan que ocurran, sin tener la seguridad de que así será, y pueden decir; pero no importa, lo anunciamos, de manera atractiva para q vengan y participen,
    Esto, considero es un grave error, por parte del q promueve el evento, es fácil darse cuenta que traerá grandes frustraciones, y molestias, cuando descubran que lo que se anunciaba no era totalmente cómo se suponía, y para lo único que sirve es para poner en descrédito a los promotores o institución, y generando una participación, en algunos casos, que nunca más se repetirá y que será la persona afectada un promotor muy activo y efectivo a la vez, ya que tiene a su favor la experiencia de conocer lo que se anuncia y sus resultados reales, en contra del los anunciantes.
    Creo firmemente, que se pueden generar interés para participar en un evento, sin necesidad de crear falsas expectativas,
    En lo personal; Prefiero que los asistentes cuénten los provechos recibidos, y no que salgan frustrados por haber creado falsas expectativas…

    1. Hola Eduardo.
      Gracias por participar en el blog.
      El ejemplo que pones ilustra muy bien el hecho de generar falsas expectativas.
      ¿Alguna vez has pasado por una situación similar?
      Un abrazo.

      Vega Marcos. Psicóloga de Somos Psicología y Formación.

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