La sobreprotección desprotege

¿Cómo podemos hacer que nuestros hijos lleguen a desarrollar un buen manejo de la frustración? En primer lugar, dejando que aparezca.

Cuando evitamos que nuestros hijos atraviesen situaciones desagradables que pudieran generarles cierto malestar emocional o que experimenten las consecuencias negativas de su comportamiento, impedimos también que se generen nuevas oportunidades para aprender y que elaboren recursos eficaces para situaciones futuras.

Los beneficios de la frustración

Que la frustración aparezca es normal, pues cumple la función de movilizarnos cuando no conseguimos lo que esperábamos, por eso el objetivo nunca será que desaparezca. De hecho, exponernos a pequeñas frustraciones en la etapa infantil nos hace más fuertes, más resilientes o lo que es lo mismo, más capaces de recuperarnos y de salir reforzados de situaciones adversas. Además, se relaciona con la inteligencia emocional, la autonomía y la autoestima, pues nos prepara para los futuros retos de nuestra vida adulta y profesional  y mejora la manera en la que nos relacionamos con los demás e incluso con nosotros mismos.

Es importante recalcar que aprender a manejar la frustración es una habilidad que se desarrolla con el tiempo, incluso durante la edad adulta.

El problema está cuando esa frustración desencadena una respuesta desproporcionada de ira o desesperanza que nos hace sentirnos bloqueados pudiendo llegar a abandonar nuestros objetivos. La frustración se basa en una creencia irracional de que algo o alguien deberían ser o comportarse de una determinada forma.  La aceptación de que hay cosas que no están en nuestro control, personas que no cambiarán, situaciones que son injustas… será la primera llave para empezar a liberarnos de cargas que no nos corresponden.

Nuestras prioridades no son las mismas que las suyas.

Por eso, nos frustramos por motivos muy diferentes.

Los adultos nos enfocamos más en la productividad, la rapidez, la organización, el control… mientras que los niños le dan más importancia a aquello que les gusta y que muchas veces tiene que ver con su propia estimulación sensorial. Por ejemplo, mientras que para un adulto es importante no llegar tarde a una reunión, a un niño lo que realmente le frustra es no poder terminar la partida de su juego favorito.

¿Deberían los niños aprender a tener las mismas prioridades que los adultos? Probablemente no, pues no tendría sentido pretender que asumieran los mismos objetivos que un adulto, ya que se encuentran limitados por su desarrollo evolutivo. Aspectos como la psicomotricidad, la comprensión de conceptos abstractos como el tiempo o la capacidad de ponerse en el lugar del otro se encuentran todavía en construcción.

Somos ejemplo

Nuestros padres son los primeros referentes que tenemos prácticamente a todos los niveles de nuestra vida y ocupan un papel muy importante no sólo enseñándonos todo lo que tiene que ver con las normas, lo que está bien y mal, las creencias, los valores… sino también lo que tiene que ver con la gestión de las emociones.

Tómate un par de minutos para responder: ¿Cómo se expresaba el enfado en casa? ¿Había permiso para llorar? ¿Qué hacían mamá y papá cuando cometían un error? ¿Cuál era el mensaje que nos daban cuando nos sentíamos culpables?

¿Identificas algún parecido entre tu forma de gestionar estas emociones y la de tus padres?

En psicología usamos la técnica del modelado cuando queremos enseñar nuevas conductas. Se basa precisamente en actuar de modelo de conducta permitiendo que la otra persona pueda interiorizarla y hacerla suya mediante aprendizaje vicario, es decir, por imitación.  

Entonces, ¿qué podemos hacer?
  • Exigencias acordes al desarrollo evolutivo. ¿Qué pueden hacer y qué no? ¿Estamos restándoles autonomía haciendo algo que podrían hacer por ellos mismos? ¿Estamos pidiendo más de lo que pueden hacer teniendo en cuenta su madurez?
  • Recalcar la importancia del esfuerzo y la constancia frente al resultado: “Es difícil que a la primera lo consigamos, por eso lo más importante es esforzarnos hasta que creamos que lo hemos hecho bien. El camino es la meta”.
  • No hacer del error un drama: precisamente si queremos fomentar la tolerancia a la frustración, tendremos que aceptar el error y relativizarlo transmitiendo la idea de que “Nos podemos equivocar y no pasa nada. Lo importante es transformar esa energía que dedicamos a quejarnos en buscar una posible solución”.
  • Cuando se produce un fallo, no sólo es importante la manera en la que nos dirigimos a ellos, sino también si aprovechamos para buscar culpables, si centramos nuestra atención en el error, si ofrecemos alternativas de solución… Centrar nuestro discurso en reproches y etiquetas reforzará una autoimagen negativa, dañando su autoestima.
  • Decir NO, por ejemplo, retrasando paulatinamente nuestra atención, para que aprenda que a veces es necesario esperar para conseguir lo que quiere: “Lo siento, ahora mamá y papá no pueden atenderte. Cuando acabemos esto podremos hablar tranquilamente”.
  • ¿Se debe a una rabieta o realmente a un malestar emocional? Cuando se trata de un capricho, es importante aplicar la extinción (es decir, no atender ese comportamiento) y sobre todo, no tratar de razonar cuando el niño se encuentra en mitad de un estallido emocional.
  • Los juegos y el deporte individuales o en equipo son una gran herramienta para aprender a manejar la frustración.

Autor:

Alicia Hermoso Meijide

Psicóloga General Sanitaria, M-33998

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