La gestión de la rabia es una de las preocupaciones más frecuentes en el contexto del trabajo terapéutico. Vemos cómo esta emoción se desborda y se descontrola en numerosos momentos del día a día. Aunque las reacciones pueden depender del contexto y de la persona, siempre hay una base común. Sentimos que no podemos hacer nada para poder salir de ahí. Sin embargo, sí que hay diferentes estrategias psicológicas que se pueden usar en la gestión de la rabia.

La rabia como emoción

Uno de los mayores problemas que tenemos es que consideramos la rabia como una emoción puramente negativa. Creemos que es la emoción de la explosión, de la ira desmedida y de los deseos de venganza. Sin embargo, esos aspectos solo nos hablan de una rabia que no está en su estado más constructivo.

La rabia es la emoción de la defensa y de la justicia. Nos lleva a poner en marcha de forma rápida diferentes acciones destinadas a parar ataques o a restablecer el equilibrio. Nunca ataca, nunca quiere imponerse y nunca, cuando está bien usada, se eleva hasta hacer daño a ambas partes. Simplemente detecta que hay una agresión (mentira, manipulación, insulto, ataque) y lo para, sin devolver el golpe, desde la calma. Eso hace que podamos vivir situaciones incómodas pero que las resolvemos desde esta emoción, restableciendo el equilibrio con nosotras mismas y con el otro.

Un momento y un lugar

Cada emoción tiene una función, por lo que debe activarse en situaciones donde sea factible cumplir esa función. Por lo tanto, habrá momento donde sentir la emoción “incorrecta” no nos ayudará, sino que nos bloqueará. La rabia, en este caso, debe activarse ante situaciones de injusticia o de ataque. Fuera de este contexto, será incontrolable e innecesaria. Esto es lo que ocurre cuando no hay una gestión de la rabia, que se activa en momentos donde no es coherente, desbordando al que la siente.

Dentro de las disfunciones de la rabia, es decir, su aparición cuando no nos va a ayudar, encontramos:

Sentir rabia ante las amenazas

Actúo de una forma desmedida. Es cierto que son situaciones donde debo poner límites, pero no cortar o enfadarme, como haría la rabia en este tipo de situaciones. Por ejemplo, me siento invadido físicamente y en lugar de decirte que te alejes unos centímetros, te empujo y salgo de la situación.

Sentir rabia ante las pérdidas

Esto nos lleva a la frustración y a la impotencia. En lugar de aceptar que hemos perdido algo, lo vivimos como injusto, elevando esa rabia. Esto es muy típico en la mala gestión de la rabia. Nos lleva a subir nuestro estado de activación y a bloquearnos.

Sentir rabia en lugar de valoración

Cuando detectamos en los demás méritos o fortalezas, la reacción coherente es sentirnos orgullosos por ellos. Sin embargo, actuar con rabia nos llevaría a la envidia, a frustrarnos porque nosotros no lo tenemos o lo somos.

Sentir rabia ante el espacio de pertenencia

Es una forma de mantener el control, de no entregarnos al espacio de amor con la otra persona. No suelto y me siento en alerta y enfadado cuando la otra persona se abre.

Sentir rabia ante el disfrute

Esto nos lleva a los celos, a sentirnos unos aguafiestas. Nos molesta que otros disfruten y vemos que no deberían estar haciéndolo, aunque sí sea la situación adecuada.

La rabia es una emoción completamente positiva que busca siempre una estructura para nosotros. Quiere que alcancemos la justicia, que nos defendamos, pero sin dañar ni perder el equilibrio. En la mala gestión de la rabia, somos incluso nosotros los que dañamos y rompemos la propia justicia en las relaciones. Aprender gestión de la rabia puede ayudarnos a estar mejor con nosotras mismas y con los demás.

Si aplicamos poco a poco las siguientes técnicas, veremos cómo hay una mejor gestión de la rabia. Es un proceso que implicará dedicar tiempo y, sin frustración, cometer errores. Cualquier fallo siempre nos llevará al aprendizaje.

Mecanismos de gestión de la rabia
Actuar y responder

Uno de los fallos en la gestión de la rabia es que creemos que la solución es callarnos siempre e intentar aguantar. Sin embargo, esto solo nos lleva a la acumulación y a que la próxima explosión sea peor. La buena gestión de la rabia implica ser claros siempre, pero midiendo la forma, el tono y la atribución de la responsabilidad.

Conexión con su función

Es importante saber qué tipo de situación tenemos delante. Solo en los casos donde haya un ataque o una injusticia, deberemos actuar con las herramientas de la rabia. Ante las pérdidas, no tocará rabia, solo búsqueda de soluciones o alternativas. Y ante las invasiones, solo poner límite y pedir espacio y tiempo.

Escucha empática

Una de las cosas que nos ocurre cuando no hay gestión de la rabia es que nos da miedo la manipulación del otro o caer en la pasividad. Esto nos lleva a no escuchar a la otra persona con la falsa creencia de que busca manipularnos. Ante estas situaciones, párate y escucha. Y una vez que hayas interiorizado esa información toma tus propias decisiones. Siempre serás libre para escoger tu propio camino.

No todo es un ataque

Tenemos que tener en cuenta que las relaciones interpersonales no siempre se basan en el juego de la dominancia. De hecho, si eso ocurriera, habría toxicidad y deberíamos cortar la relación. En el resto de ocasiones, no existe un ataque hacia nosotros, no es personal y solo hay una comunicación y una búsqueda de soluciones comunes. Sin ese equilibrio con el otro, no avanzaremos.

La rabia es una de las emociones más fuertes e intensas con las que contamos. Es capaz de movilizar en segundos todo nuestro cuerpo. Aunque esa rapidez no siempre nos juega buenas pasadas. La gestión de la rabia pasa por conocer qué es esa emoción, para qué sirve y cómo puede manejarse. Sobre todo, entender dónde fallamos y con qué la confundimos. Una buena rabia siempre va acompañada de procesos reflexivos previos y a posteriori. De esta forma sabremos si ha sido bien usada y aprenderemos y mejoraremos los procesos.

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