Cuando hablamos de heridas emocionales tenemos que tener en cuenta primero qué son y el motivo de que se produzcan. Entenderlo nos ayuda a saber el origen de muchas de las cosas que vivimos y sufrimos en nuestra etapa adulta. Esas heridas afectan a nuestros vínculos, a nuestra autoestima o a nuestros miedos. Y su sanación es parte importante de cualquier tipo de proceso terapéutico. Si las heridas emocionales de la infancia no se han curado, no podemos alcanzar la plenitud.

Nuestro cerebro en la infancia

Durante nuestros primeros años de vida somos completamente permeables a lo que nos rodea. Eso hace que el proceso de aprendizaje pueda ir avanzando y aumentando de manera exponencial. Aprendemos a andar, hablar o relacionarnos con rapidez. Esto se debe a que nuestro cerebro está plenamente receptivo a todo lo que nos rodea con el fin de crecer y adaptarse al medio en el que está viviendo. Y esa permeabilidad también está presente ante acontecimientos negativos, estresantes y/o traumáticos.

Tenemos un cerebro que desde el primer momento está diseñado para aprender, desarrollarse y diagnosticar todo lo que hay alrededor. Influye en nuestra supervivencia, en cómo nos vinculamos con los demás o en la forma que tenemos de desenvolvernos en el día a día. Para ello, tiene que estar receptivo a lo que hay fuera y aprender de ello. Es en ese mecanismo donde, si existe algo que el cerebro interpreta como peligroso, se pueden dar las heridas emocionales.

¿Cómo aparece una herida emocional?

Tendemos a pensar que cualquier herida emocional es causada por algo que es objetivamente peligroso y traumático. Sin embargo, esto no es así. De hecho, si fuera objetivo, ante los mismos eventos, todas las personas tendríamos las mismas heridas. Sin embargo, entra en juego el papel de la interpretación que hace la persona que lo está viviendo, o más bien, su cerebro desde un punto de vista más inconsciente.

Efectivamente, tenemos que encontrarnos con algo peligroso, altamente estresante y/o traumático, pero desde la interpretación que el cerebro haga. Y a eso hay que sumarle la edad y la capacidad que tengamos de afrontamiento. No es lo mismo lo que percibe y enfrenta un adulto a cómo podría hacerlo un niño. Por ejemplo, ¿un adulto podría llegar a tener una herida traumática si se pierde en un centro comercial durante dos horas? Probablemente no, todo lo contrario a lo que le ocurriría a un niño de 5 años.

Por lo tanto, todo aquello que nos aparezca en la infancia y que sea negativo, si se combinan ciertas circunstancias, podría generar una herida que se mantendría hasta la etapa adulta.

¿Por qué nos afecta en la etapa adulta?

Como una de las funciones más básicas e importantes de nuestro cerebro es la de la supervivencia, necesita aprender de todo aquello lo que ha podido ser un peligro (aunque solo sea desde la interpretación infantil). Para protegerse en el futuro de ello o estar precavido, activa determinados mecanismos de evitación o de huida para evitar el daño. Si he sufrido en un ascensor, en el futuro tendré un miedo tan elevado que me impida subir y que, por tanto, me mantenga siempre a salvo de los ascensores.

Como los mecanismos de supervivencia son los más arraigados, aunque intentemos en el futuro racionalizar lo que ocurre y convencernos de que no hay ningún peligro, el mecanismo seguirá activándose en todo momento. Es necesaria la sanación del trauma para su completa recuperación.

Los tipos de heridas emocionales

Si hacemos un recorrido por todas las heridas emocionales que podemos tener en la infancia y cómo se manifiestan en la etapa adulta, podemos encontrar cinco tipos. Cada persona podría haber sufrido una o varias de esas heridas, pero tal vez ninguna. Cada uno hemos tenido experiencias e historias diferentes.

Estas son las diferentes heridas emocionales que hay:

Herida del rechazo

Esta herida aparece en entornos familiares donde no hay una aceptación del niño o de la niña, apartándole o despreciándole. Se excluye la totalidad de la persona y no hay forma de ganarse la integración familiar. En el adulto genera pensamientos y conductas de autorechazo constantes. Siempre hay un temor a no ser aceptado o apartado y los miedos y la vergüenza son muy frecuentes.

Herida del abandono

El niño o la niña sufrieron algún tipo de abandono en la infancia, o bien de unos de los padres o de uno de los miembros más cercanos, incluso fallecimientos. Siente en ese momento que su base segura y su cuidado se tambalea de alguna forma. El adulto será después dependiente emocionalmente, con miedo constante al abandono e, incluso, con evitación de los vínculos para así no ser nunca abandonado. Como todas las heridas, va a generar mecanismos de protección férreos para evitar tocar y despertar dicha herida.

Herida de la humillación

Esto aparece cuando la familia desvalorizaba, humillaba o ridiculizaba al pequeño o la pequeña. La imagen de uno misma se distorsiona y se vuelve dependiente del reconocimiento externo. Esto hace que el adulto se autocastigue, se ridiculice y siempre se sienta indigno y menos valioso. Busca mecanismos que haga que los demás le valoren y le reconozcan, como con la utilidad.

Herida de la injusticia

Es provocada por un entorno familiar frío y rígido, con autoridad y un constante desequilibrio, donde la jerarquía padres-hijos está muy marcada. No existe el respeto al sentirse la familia siempre por encima. En el adulto se manifiesta en la rigidez y en la sensación de ineficacia. Hay necesidad de poder y de control y no se aceptan las negociaciones ni los puntos intermedios. El adulto se convierte en los padres que tuvo.

Herida de la traición

Aparece tras la traición o el incumplimiento de promesas por parte de uno de los padres (o de los dos). No hay confianza y la emoción que aparece es la rabia. El adulto se convierte en alguien que tiene el foco siempre puesto en la lealtad, la verdad y el cumplimiento de la fidelidad, lo que busca a través del control o del manejo de los demás de forma, a veces, tiránica.

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