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¿Te cuesta vincularte a los demás? Estos son los miedos más comunes

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    Las relaciones con los demás suponen una manera de vincularnos creando un espacio compartido. Se forma un intercambio donde dos personas se comunican, se desarrollan y crecen de forma conjunta. Para que ese vínculo sea sano, hay que tener una base de seguridad, pero no constantemente en el miedo y la desconfianza. De ser así, el vínculo ni es sano ni, en muchos casos, real. Dentro de las dificultades más comunes a la hora de establecer una relación con otra persona, hay unos miedos típicos. Conocerlos puede ayudarnos a saber dónde tenemos dificultades y qué nos pasa exactamente.

    La seguridad y el miedo

    Cuando conocemos a alguien, lo primero que salta es una alarma de miedo. Esto no es necesariamente algo negativo, todo lo contrario. Ese miedo nos permite evaluar y diagnosticar si esa persona o algo de su personalidad supone una amenaza para nosotros. Por ejemplo, podemos encontrarnos con personas invasivas o que intentan manipularnos. Sin dicho miedo, no sabríamos reconocerlo y permitiríamos su total invasión. De hecho, determinadas personas no tienen bien conectado el miedo y permiten que personas con componentes tóxicos interfieran en su vida sin que ni siquiera sean conscientes de ello.

    Por eso, el miedo es adecuado en un primer momento al conocer a alguien. Nos ayuda a detectar amenazas, localizarlas y poner límites. Esto hace que generemos seguridad y confianza con la persona que tenemos delante.

    El miedo constante

    Como decíamos, el miedo debe activarse en un primer momento para ayudarnos a poner límites. Por ejemplo, nos ayuda a decir no o a pedirle a alguien que respete nuestro espacio. La emoción se activa y nos ayuda a ejecutar una serie de acciones que nos lleven a la seguridad respecto a la otra persona. Esta parte es la que podemos distorsionar: detecto que el otro es una amenaza y directamente bloqueo todo acceso a mi vida. En lugar de usarlo para gestionar la situación, me cierro o huyo.

    Ese miedo no siempre nos lleva a cortar la totalidad de lo que somos ante el otro. A veces, mientras nos vamos relacionando con la otra persona, mantenemos ciertas barreras herméticas a determinados aspectos de intimidad o a áreas concretas de nuestra vida. Por ejemplo, puedo no hablar nunca de mi infancia o de mi familia, o puede que salga contigo, pero nunca te presente a mis amigas. Aíslo en exceso con un miedo real o falso, pero siempre desproporcionado.

    Los diferentes miedos

    Lo que hemos descrito antes es el mecanismo global del miedo. Pero en cada persona podemos ver las diferentes particularidades en forma de miedos concretos. Esto hace que abramos o cerremos determinadas partes de nosotros. Aunque también hace que no estemos dispuestos a vincularnos o a incluir a una persona en nuestra vida. Lo que todos estos miedos tienen en común es que actúan de barrera ante la otra persona e impiden toda vinculación sana. De hecho, pueden llegar a crear un desequilibrio. Pido al otro que se abra, lo disfruto, mientras yo permanezco hermética.

    A continuación, podemos ver los diferentes miedos que existen en las vinculaciones y cómo funcionan. Ninguno de estos miedos es sano y nos llevan a deteriorar las relaciones con los demás, afectando negativamente a las diferentes áreas de nuestra vida donde tenemos contacto con los demás.

    1.     Miedo a la invasión

    Este miedo puede tener una base racional, ya que nos ayuda a no perder espacio respecto a los demás. Se convierte en disfuncional cuando directamente estamos cerrados a que el otro entre en nuestra vida. Se manifiesta, por ejemplo, con no invitar a nuestra casa o a nuestro círculo de amigos a la otra persona. Pero también podemos verlo cuando, al llegar alguien nuevo a nuestra vida, no nos adaptamos, sino que pretendemos que todo quede inalterable. Aquí la otra persona no tiene cabida.

    2.     Miedo a la injusticia

    Este tipo de miedo puede basarse en experiencias previas que no están del todo superadas. Aquí entran miedos como la agresión, la manipulación o la infidelidad. Nuestra mente no flexibiliza y para mantenernos a salvo etiqueta en base a un prejuicio. Además, se suma el no confiar en nuestras propias capacidades para cortar el abuso o la agresión. Se trata de poner la tirita antes de la herida y actuar siempre con el miedo por delante para que nadie nos dañe.

    3.     Miedo a la pertenencia

    Esto ocurre cuando en lugar de sentir amor (no necesariamente romántico) lo que sentimos es miedo. Llegamos a una etapa con la otra persona donde hemos ido avanzando consolidando unas bases que culminarían en la entrega y en el espacio seguro respecto al otro. Sin embargo, nos cerramos ante ese miedo al amor, a confundir pertenecer a una pareja con ser poseídos por la pareja.

    4.     Miedo al fracaso

    Este miedo no siempre está asociado con repetir fracasos. Aparece en momentos donde la valoración personal no es buena, donde no confiamos en nuestra valía ni en la capacidad para reponernos. Nos suele llevar a directamente no abrirnos, en lugar de sentir afecto, acabamos sintiendo desafección. También tiene que ver con las expectativas, que a veces son demasiado altas. El ponerlas tan altas no solo es fruto de la autoexigencia, también una forma de autoboicot. Respecto a esta persona que tengo delante me formo una idea de que tenemos que vivir un cuento de hadas y, si no es así, es que no hay amor auténtico. Como ese ideal es imposible, directamente no actuaré, así nada saldrá mal.

    5.     Miedo a la no vinculación

    De todos los miedos posibles, este es espacialmente paradójico. Tengo miedo a que el otro no se vincule conmigo, que no me quiera ni me apoye, por lo que directamente yo me cierro. Eso es detectado por la otra persona y, efectivamente, no se vinculará conmigo. Ejerce de profecía autocumplida, llevándome a la soledad y creyendo que todos mis miedos siempre son reales.

    De todos los miedos que existen a la hora de vincularnos, debemos saber si caemos en alguno y detectar en cuál concretamente. Esto nos permitirá trabajarlo y tener relaciones más sanas.

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