Sabemos que contamos con una serie de esquemas mentales que nos ayudan a desarrollarnos en nuestro día a día. Esos esquemas nos potencian, sacan lo mejor de nosotros y nos ayudan a aprender, a relacionarnos o a orientarnos a metas. Pero, también nos damos cuenta de que esos esquemas a veces nos entorpecen. Nos hacen caer y tropezar mil veces en la misma piedra. Dichos esquemas son lo que se conoce como creencias limitantes. ¿Cómo han llegado a atarnos? ¿Y por qué parece que nuestro cerebro busca hacernos daño?

El poder de las creencias

Nuestro cerebro, a medida que crece y se desarrolla, necesita ir acumulando una gran cantidad de datos. Esos datos se irán almacenando y conformarán esquemas, pautas de cómo pensar, qué creer o cómo actuar. Nos ayudan a saber, por ejemplo, cómo coger los cubiertos o cómo leer, pero también si es adecuado bostezar en una reunión o si debemos ponernos a salvo en un terremoto. Tienen un gran poder, y van desde las cosas más simples hasta las más complejas. Esos esquemas nos dotan de las herramientas más útiles y necesarias a nivel cognitivo que debamos tener.

Cuando el cerebro almacena un esquema, con sus creencias correspondientes, lo que hace es ahorrar tiempo y energía para las siguientes veces. Si yo sé que meter los dedos en un enchufe es peligroso, cuando me encuentre en esa misma situación en el futuro, lo descartaré al instante. Los esquemas buscan siempre lo mejor para nosotros y nos orientan a determinadas estructuras positivas. Quieren que estemos a salvo, que nos desarrollemos, que vivamos en un mundo justo, que nos vinculemos a otros y que nos transformemos. Lo que un esquema mental quiere de mí es que alcance la plenitud.

Las creencias limitantes

Pero, si un esquema de mí quiere plenitud, ¿por qué tengo creencias limitantes que me encadenan y me hacen sentir mal? Los esquemas son producto de la educación, de la cultura y de las experiencias que vivimos. Mientras determinadas experiencias acaban consolidando un esquema bueno para mí, otro puede acabar siendo malo. Por ejemplo, esquemas relacionados con el vincularnos afectivamente. Mis padres me han enseñado que las relaciones de pareja siempre son difíciles y tortuosas. En las relaciones que yo voy teniendo en mi etapa de adolescente y en la juventud, mis experiencias van dando la razón a ese modelo que me enseñaron mis padres. ¿Qué va a almacenar mi cerebro? Tendré un esquema mental sobre cómo las relaciones de pareja solo me hacen sufrir. Almacenaré creencias limitantes del tipo “en el amor todo es sacrificio”, “la felicidad no existe en pareja” o “no confíes porque te van a traicionar”. Esas creencias hacen que yo me aleje de las parejas, que no confíe y que no sepa construir correctamente una relación. Efectivamente ese esquema sí me aleja del bienestar en el amor, pero porque está buscando algo que considera más importante: mi seguridad emocional.

Todo esquema busca que yo esté bien y para ello usará determinadas creencias. Habrá creencias que, por lo que yo acabo logrando, me empujarán a la transformación. Esas son las creencias potenciadoras. Y, por otro lado, están las creencias limitantes, aquellas que me atan, me hacen tropezar y caer y no me permiten avanzar. Pero, tanto unas como otras, están diseñadas, en origen, para que yo esté bien, aunque no siempre lo logren.

¿Qué hace que las creencias limitantes sean tan poderosas?

Nos cuesta ver y entender cómo algo que nos hace daño realmente lo que busca es nuestro bienestar. Eso es lo que ocurre con nuestras creencias limitantes. Solo están buscando ponernos a salvo, y tal vez en etapas anteriores de nuestra vida lo lograran, pero ahora ya no. Han perdido su función y nos están dejando en una cárcel de malestar. Sin embargo, ¿por qué no soltamos esas creencias?

Una de las cosas que más nos atan a las creencias es que, ante todo, nos dan seguridad, sea real o falsa. Han sido almacenadas en nuestro cerebro, parten de la educación y la experiencia. Y todo lo que lleva tiempo en el cerebro es complicado de quitar o modificar ya que lo viviremos con miedo. Para el cerebro, salir de lo conocido, aunque sea hacia algo bueno, hace que se active el sistema de seguridad. Viviré como amenaza todo cambio, especialmente si es sobre mis esquemas mentales. Y ese miedo, es el que alimenta constantemente las creencias. “Si dejo de protegerme frente al amor, me van a hacer daño, no sabré ponerme a salvo y esta vez será aún peor que las anteriores”. Y, de esta forma, nunca pondremos a prueba una nueva creencia más adaptativa: “Tengo las herramientas necesarias y suficientes para ver si me van a hacer daño, protegerme y ponerme a salvo, pero solo cuando de verdad lo necesite”.

Todo lo que hay en nuestra mente, puede cambiarse

Cuando empezamos a observar e identificar las numerosas creencias limitantes que nos acompañan día a día, pensamos que es imposible cambiarlas. Si llevan tanto tiempo conmigo, ¿se quedarán ya para siempre? Realmente no. De la misma forma que las aprendimos, las interiorizamos y las empezamos a usar, podemos revertirlo. El cerebro necesita siempre esquemas, sino todo es visto como una novedad amenazante. Tendré que ir modificando unas creencias por otras, demostrarle que esos esquemas ya no sirven y aprender a vivir acorde a una nueva realidad.

El proceso de cambiar nuestras creencias limitantes y transformarlas en algo constructivo siempre da miedo. Creemos que nosotros nunca lo lograremos, que estamos condenados a vivir en el círculo vicioso, pero no es así. Todo el mundo es capaz de ver y cambiar aquellos esquemas que les hacen daño. Puede que no sepamos, puede que necesitemos ayuda, paciencia y tiempo. Pero sí tenemos el potencial para hacerlo. Y esa es una de las creencias limitantes que debemos empezar a cambiar. El “no voy a ser capaz” por el “puedo hacerlo”. Tendremos que dar pasos para ello, tendremos que buscar herramientas que nos ayuden o personas expertas en el tema, pero todos podemos lograr deshacernos de viejos patrones y trabajar con nuevos modelos que nos hagan conectar con lo que somos y alcanzar esa plenitud que meremos.

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