La creencia general es aquella que considera las emociones como reacciones a todo lo que nos acontece. Esto hace que sean sensaciones pasivas, dependientes de elementos externos y, por tanto, sin ningún tipo de utilidad. Sin embargo, las emociones siempre tienen una función y saberla y aplicarla en nuestra vida hará que podamos encontrarnos bien.

La función de las emociones

Toda emoción ha tenido una función esencial en la supervivencia de la especie y en su evolución. Sin embargo, no solo nos han dotado de una mayor seguridad o nos han protegido de las amenazas sino que, desde el principio, nos han ayudado a adaptarnos, alcanzar nuestros objetivos y comunicarnos con nosotros mismos y con los demás. Unas funciones generales que, independientemente del momento evolutivo en el que se encontraba el ser humano, siempre han sido útiles.

Además de esas funciones generales, podemos apreciar cómo cada emoción tiene una utilidad específica que las hacen únicas y especiales, aunque lo que nos gustaría es dejar de sentir aquellas que son negativas. Obedecen a determinadas estructuras, aquellas que la emoción pretende alcanzar movilizando nuestra energía o induciéndonos a ciertos estados físicos. Nos activan o nos relajan, nos hacen pensar o nos ponen en alerta, todo para favorecer nuestra adaptación y nuestra comunicación.

La estructura y su emoción correspondiente representan un binomio exclusivo: solo funcionan si se unen de la forma correspondiente. Si busco, por ejemplo, el desarrollo, tendré que conectar con la emoción que me lo permitiría, mientras que las otras solo me entorpecerían. ¿Cuáles son, por tanto, estas funciones?

Miedo y seguridad

De entre todas las emociones, aquella que sí nos permitiría alcanzar la estructura de la seguridad es el miedo. Nos permite detectar amenazas, diferenciar las que son reales de las que no, y buscar las herramientas necesarias para generar esa zona segura. Si voy conduciendo, el miedo sería el encargado de hacer que me coloque el cinturón de seguridad o respete las normas de circulación. Sabe que hay una amenaza real, tener un accidente, y nos muestra cómo acabar con ella.

Para que el miedo logre su utilidad, no solo debe usarse para detectar amenazas, sino que también debe regularse, que no sea demasiado elevado o demasiado bajo y buscan el colocar los límites necesarios. Dichos límites también son sociales.

Tristeza y desarrollo

La tristeza es otra de las emociones negativas, una que no nos gusta sentir y que tendemos a evitar y rechazar con frecuencia. Sin embargo, igual que las demás, tiene una gran utilidad, dejando el pensar que solo nos hace llorar o no querer salir de la cama. Lo que busca es nuestro desarrollo, que alcancemos un estado mejor al que tenemos cuando la sentimos. Es la responsable de que reflexiones, de que nos comuniquemos y, sobre todo, de que hallemos soluciones.

Si tengo que dar una presentación en el trabajo y pierdo el pen drive, la tristeza me haría calmarme, generar una alternativa desde la reflexión y encontrar ese desarrollo. Del estado en el que estoy, que es con malestar por el pen drive, paso a un mejor estado al haber encontrado una solución.

Rabia y justicia

Si la tristeza la rechazamos, la rabia nos produce miedo, y es por todas las cosas negativas que parecen girar en torno a ella. Asocio rabia con explotar, gritar y vengarme, pero no la asocio con la justicia, que es la estructura que persigue. La rabia real no grita, solo buscar restablecer el equilibrio o defendernos de una agresión, pero no atacar.

Tendemos a intercambiarla con la tristeza. Pierdo la presentación del trabajo y me enfurezco, lo cual me ciega y ya no me deja encontrar una solución. Coloca la emoción incorrecta y me acaba bloqueando.

Orgullo y estatus

El orgullo es ya una de las emociones positivas, aunque tiene muy mala prensa. Se la asocia con arrogancia o narcisismo, aunque también con rencor. Sin embargo, aunque todo eso sí está dentro del orgullo, solo aparece cuando no lo usamos correctamente. El orgullo sano y real es la admiración por uno mismo y por los demás. Es nuestra autoestima y nuestro sentido de valía.

Nuestra educación tiende a hacernos rechazar el orgullo, por lo que nuestros problemas de autoconcepto o de valoración personal vendrían de rechazar una emoción básica y necesaria. Debemos, de nuevo integrarla, en nosotros.

Amor y espacio seguro

Es una de las emociones que más nos gusta, con el peligro que puede llegar a suponer para nosotros si no la usamos correctamente. La estructura que persigue es la del espacio seguro, pero ¿cuántas veces nos hemos sentido en una relación de todo menos seguros? ¿A qué o a quién le estamos dando amor que no nos lo devuelve ni nos hace sentir bien?

El amor sirve para unirnos a los demás, pero siempre distinguiendo de forma clara qué personas realmente lo merecen y dejando de darlo a las que no. Si no lo hacemos así, si damos amor a relaciones donde el otro no nos lo devuelve, solo nos generará dependencia y vacío.

Alegría y plenitud

Todo el mundo busca esta emoción y queremos que se quede de forma permanente en nuestra vida, pero dejamos de lado un requisito: la alegría es el resultado de trabajar las estructuras previas. Si lo que nos ofrece es la plenitud, la serenidad y la calma, solo podremos hallarlo si todo el camino emocional está completo. Siento auténtica alegría cuando he puesto límites a los demás desde el miedo, cuando he encontrado un desarrollo gracias a la tristeza, cuando he parado un ataque con mi rabia, cuando me he sentido orgulloso de todo ello y me he visto en un espacio seguro gracias al amor (propio o ajeno). Es una emoción que engloba a todas las demás.

Toda emoción está diseñada para ayudarnos en nuestro camino. Sin embargo, muchas veces nos bloquean y nos impiden avanzar. En esos casos, ¿qué emoción estamos usando de forma incorrecta? Entender lo que sentimos, aceptarlo y usarlo a nuestro favor es responsabilidad nuestra y esa sí es la llave al bienestar.

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