Los periodos de crecimiento personal se caracterizan por la transformación que vive la persona desde dentro, reflejándose en todas las áreas externas. Abarca toda la parte cognitiva, emocional y conductual y supone un cambio totalmente cualitativo. En muchos casos, este crecimiento va apoyado en un proceso terapéutico, de la mano de una psicóloga o un psicólogo que te guían y te acompañan. En otras ocasiones, este recorrido se hace en soledad, teniendo también grandes beneficios. Aunque si lo vamos a hacer sin ayuda profesional, es importante que sepamos qué pasos van a ser imprescindibles para que exista un verdadero crecimiento personal.

¿Qué implica crecer psicológicamente hablando?

El crecimiento personal implica la capacidad innata e inherente al ser humano para siempre ir alcanzando mejores versiones de sí mismo. Se basa, ante todo, en el aprendizaje, en la vivencia de experiencias y en la absorción de conocimiento y cultura. Desde ahí, vamos interiorizando una identidad, entre genes y ambiente, hasta convertirnos en lo que realmente somos. Con esa identidad fija y partiendo de que siempre podemos mejorar, vamos observándonos a nosotros mismos y buscando el bienestar.

El crecimiento personal no nos dice que seamos seres imperfectos y caóticos que necesiten mejorar para ser felices. Se trata justamente de lo contrario, reconocerme como una persona única y excepcional con la capacidad de ser aún más feliz. Para ello sí hago un trabajo de autoconocimiento, de aceptación y de puntos donde me gustaría avanzar.

¿La gente puede cambiar sin más?

“La gente nunca cambia”, dice el pensamiento catastrofista. Es un pensamiento distorsionado e irreal. Todo el mundo cuenta con el potencial necesario para poder tener cambios, aunque hay que matizarlo.

  • No puedo cambiar todo lo que yo soy. Cuento con una parte que es mi esencia, que permanecerá invariable con el paso de los años y que todo el mundo reconocerá como mía.
  • A veces necesito ayuda. Hay determinados rasgos o problemáticas que necesitan una ayuda profesional para poder cambiarlo.
  • Una cosa es la madurez y otra el crecimiento personal. Son partes diferencias. Mientras una conlleva una inercia por el paso del tiempo, la otra es consciente y deliberada.
  • No solo cambiamos cuando nos ocurren cosas malas. Esta también es una creencia extendida. A menudo, después de periodos de introspección, decidimos que hay partes de nosotras que no nos gustan o que, de mejorarlas, podríamos ser más plenas.
  • Hay partes negativas que no se pueden modificar. Además de la esencia de la que hablábamos unas líneas más arriba, hay determinados rasgos que nos generan malestar sobre los que solo puede actuar la aceptación. Es, por ejemplo, el caso de algunas enfermedades o patologías.
Las heridas traumáticas

A lo largo de nuestro ciclo vital, vamos teniendo una serie de experiencias que van condicionando lo que somos. Hay aprendizajes, buenos recuerdos, nuestra cultura, que nos hacen crecer y disfrutar. Aunque también hay aspectos que escapan a nuestro control y que impactan directamente en lo que soy, generando heridas emocionales que no se van con el paso del tiempo. Estas heridas traumáticas nos generan un peso que nos dificulta avanzar y que, por mucho que nos queramos proponer un crecimiento personal, no lo vamos a lograr.

Pongamos un ejemplo. Durante la infancia sufro acoso escolar que va moldeando mi personalidad hasta convertirme en una persona muy introvertida. En ese crecimiento personal que yo me propongo, lo primero que quiero trabajar es la introversión. Insisto e insisto, pero esa parte no mejora. Al trabajar la herida traumática vemos que la introversión es debido a los acontecimientos sufridos y que, hasta que no sane esa parte, no podré abrirme a la experiencia con los demás. En estos casos, el trabajo terapéutico es imprescindible.

Los cinco pasos

A la hora de que podamos empezar con nuestro crecimiento personal, debemos plantearnos un plan de acción. El simplemente deseo de evolucionar, si no hay un guion, no nos va a llevar a ningún sitio. Pasa saber por dónde empezar, tenemos que tener en cuenta que hay cinco pasos imprescindibles. Son los siguientes.

Toda meta lleva un primer paso

No solo debemos enfocarnos en diseñar una serie de metas, sino que tenemos que acompañarlos de pasos concretos y bien definidos. Una vez que definamos esos pasos, la clave es focalizarnos en el primero, ya que suele ser el más complicado. Hazlo todo lo pequeño que sea, porque lo importante es que sea simbólico y márcate hacerlo de forma diaria. Un primer paso nos va a llevar muy lejos.

¿Para qué?

Es importante que sepamos para qué lo estamos haciendo. Eso va a marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso. Si lo extrapolamos a la parte física, no es lo mismo ir al gimnasio para gustar más a los demás que por amor propio y autocuidado. Además, saber el para qué, te va a ayudar a seguir enfocándote con el paso del tiempo.

Manejo de las emociones

Las emociones son tanto la brújula como los indicadores del camino. Conocer cómo las sentimos y cómo las gestionamos es fundamental en todo crecimiento personal. No hay experiencia sin emoción, igual que no hay camino sin ellas.

Apoyo

Contar con un buen apoyo nos va impulsar. Hay que rodearse de personas que estén en la misma sintonía, que nos alienten, que estén o hayan crecido. Y también encontrar recursos externos, como guías, libros o la ayuda profesional.

Reevaluar

¿Cómo sé que voy por buen camino? Tengo que pararme cada un determinado tiempo a evaluar qué estoy logrando y cómo estoy avanzando. Si no es así, ¿qué acciones o pasos han fallado? ¿La responsabilidad de que no avance ha sido mía o fruto del azar? El pararnos habitualmente a reevaluar cómo vamos, nos asegurará llegar más lejos. Así también podremos ver si la meta sigue siendo la misma o la queremos reconsiderar.

Todo crecimiento personal implica un esfuerzo, una meta a alcanzar y, sobre todo, un buen plan de acción. Los cinco pasos mencionados anteriormente son imprescindibles para que podamos lograrlo.

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