La responsabilidad afectiva es la vinculación en absoluto equilibrio que debemos mantener con cualquier tipo de relación. Aparece no solo en la pareja, sino, incluso, con un desconocido con el que mantenemos una mínima conversación. Se trata de un cuidado y un consenso sobre una base emocional indispensable a la hora de relacionarnos. Sin embargo, ¿siempre somos responsables afectivamente?

¿Qué es?

La responsabilidad afectiva se estructura en base a un compromiso hacia el otro. Consensuamos las emociones, nos orientamos al cuidado y siempre hay alguna forma de diálogo. Para ello, no solo debemos tener en cuenta nuestras necesidades y nuestros valores, sino saber llegar al que tenemos enfrente. Tenemos que entender, aceptar y respetar las necesidades y los valores ajenos, independientemente de si estamos de acuerdo o no. Es saber que el otro es siempre tan importante como uno mismo, sin jerarquías ni luchas de poder.

Esta forma de vincularnos se hace con cualquier tipo de relación que mantengamos, desde el cajero del supermercado al que ves por primera vez hasta nuestro amigo más íntimo. La responsabilidad afectiva aumenta en profundidad según hay una relación más estrecha, pero no varían los principios ni los recursos. Así, aumentaré el grado de escucha empática, por ejemplo, con mi pareja, pero también habrá una escucha empática con un compañero de trabajo, aunque sea más superficial. Lo único que varía es la profundidad.

¿Nos responsabilizamos siempre?

Nuestra educación y nuestra cultura no siempre sabe mantener el equilibrio entre lo que soy yo y lo que es el otro. Acabamos priorizando las necesidades de la otra persona por encima de las nuestras o, todo lo contrario. Nos movemos entre la servidumbre y el egocentrismo. Veo que los demás están antes y por encima de mí o bien quiero pisar a todo el mundo por mi complejo de superioridad. Sin embargo, eso se aleja del concepto de responsabilidad afectiva ya que, ante todo, debe existir un equilibrio. Ninguno está por encima, de la misma manera que ambos deben ser importantes al mismo nivel. Es por eso por lo que, aunque vamos evolucionando en esta materia, no siempre somos responsables afectivamente. De hecho, parece que nos cuesta.

La forma de vincularnos va cambiando a medida que pasan los años y las décadas. Nuestra sociedad alcanzará en algún punto de forma natural el equilibrio ideal. Sin embargo, hasta que eso ocurra, debemos reeducar y desaprender todo aquello que nos aleje del bienestar emocional. Para ello, debemos aprender a ser más responsables emocionalmente con nosotros mismos y con los demás.

¿Qué no es ser responsables afectivamente?

Como decíamos antes, nos movemos por el extremo donde o colocamos a los demás como centro absoluto o nos colocamos nosotros ahí. Eso hace que nos alejemos del equilibrio y que no sepamos mantener relaciones sanas. De hecho, es ahí donde desaparece la responsabilidad afectiva. Pero el problema, es que muchas veces, algunas de las acciones que llevamos a cabo pensamos que sí forma parte de dicha responsabilidad.

Pero ¿qué no es realmente la responsabilidad afectiva?

  • Romper la seguridad: cuando no respetamos los límites de los demás ni sabemos tampoco defender de forma asertiva los nuestros.
  • No valorar las emociones: esto ocurre cuando no valoramos nuestras emociones, no las escuchamos o no las respetamos. Pero también pasa cuando hacemos eso mismo con los demás. Puede que sí me importe cuando yo estoy triste, pero desprecio cuando lo estás tú.
  • Adivinación: a esto jugamos con frecuencia. Debe ser la otra persona la que adivine qué necesito o qué me ocurre. Creemos que deben leernos, especialmente cuando nosotros damos incondicionalmente. Pero ¿sabemos también expresar y pedir?
  • Ocultar información: en algunos momentos, hay información muy relevante para la relación que ocultamos. No se trata, como veremos, de volcar toda la información, sino dar al otro lo que puede necesitar. Por ejemplo, estoy conociendo a una persona que podría ilusionarse y omito que tengo pareja.
  • Ser demasiado sinceros: dar toda la información al otro ni es siempre relevante ni aconsejable. Puedo, de hecho, herir a la otra persona o cargarle con asuntos que debería gestionar yo mismo. Cuando rompo la seguridad del otro, es cuando la estoy dando una información dolorosa enmascarada en sinceridad.
  • La ilusión de los demás: yo no soy responsable de las expectativas que los demás forman sobre mí o, al menos, no debería serlo. Pero sí soy responsable cuando mis actitudes están haciendo que la ilusión de una persona aumente cuando yo no quiero profundizar en esa relación. No solo con una posible pareja, sino también con un amigo o una compañera de trabajo.
¿Qué beneficios tiene?

Lo más importante es que me vincularé mejor, de una forma sana, plena y segura. Y, simplemente por eso, debería empezar a trabajarlo.

Nuestras vinculaciones se basan en la inseguridad, en los desequilibrios y en la incertidumbre. Desde esta perspectiva, todo eso desaparece. La comunicación es fluida y la transparencia permite eliminar la adivinación de las emociones y pensamientos del otro. Y esto es la base necesaria para que podamos construir relaciones sanas, de calidad.

¿Cómo la podemos llevar a cabo?

Para llevar a cabo la responsabilidad afectiva debemos tener en cuenta los siguientes principios:

  • No solo existe uno: ni solo existo yo en la relación ni solo existe el otro. Los dos somos igual de importantes en todo momento, sin excepciones ni trampas.
  • No todo es perfecto: a veces aparecen problemas que pueden resolverse. Que no haya siempre un bienestar no implica que todo esté perdido. Pero también hay que valorar la frecuencia de los problemas, la magnitud y si nos compensan.
  • Acción y consecuencia: debo saber mirar más allá de mis acciones. Todo lo que haga impactará en el otro. ¿De qué forma quiero impactar en los demás?
  • Comunicación: ante todo, expresar y dejar que el otro se exprese. Todo lo que yo necesito, libre de exigencias, lo debo mostrar. Todo aquello que me haga daño, libre de culpa, lo debo expresar.
  • Me escucho: esta parte es muy importante. Sobre todo, nos ayudará a valorar en todo momento lo que sentimos, necesitamos y queremos. Una vez que esto está claro, me puedo vincular mejor. Para ello, deberé tomarme espacios y pausas para reevaluarlo.
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