Vivimos en una sociedad donde los límites entre el quién eres y lo que se espera de ti acaba desdibujándose. Hay unos valores sociales, unas expectativas y unas fortalezas que son apreciadas por el grupo. Y como personas que necesitan relacionarse con otras personas, tenemos miedo a la soledad o al abandono, por lo que buscamos encajar. Entre esos miedos, la cultura o los mensajes que la publicidad nos manda, puedes acabar sin saber quién eres. Además, si yo ya conozco verdaderamente mi identidad, ¿me estoy atreviendo a mostrarla sin tapujos?

¿Cómo construye una persona su identidad?

Construimos lo que somos en base a diferentes factores, como nuestra genética, la educación recibida, la cultura en la que nos desenvolvemos y las experiencias vividas. Esa identidad es la que nos hace únicos y diferentes, por lo que debería partir de nuestro interior. Sin embargo, vemos cómo son los condicionantes externos los que, en una gran mayoría, acaban decidiendo la identidad.

Lo que esperan nuestros padres de nosotros, los valores sociales o las experiencias donde hemos podido vernos solos por mostrar nuestras opiniones no ayudan a esa diferenciación. Acaba dejando de ser para que los otros estén satisfechos, pero siempre con la amenaza a que me descubran como diferente o ya no les sirva.

Es por esto que, nuestra identidad individual se centra en las expectativas de los demás, incluso cuando los otros realmente no esperan nada de nosotros. Algo que nos debería diferenciar y desde donde alcanzaríamos una plenitud, desaparece para imitar o para ser lo que lo social busca de nosotros.

La presión social vs. nuestros miedos

¿Es siempre real el que debamos cumplir las expectativas de la sociedad o parte de un miedo propio? Es cierto que la influencia de lo social va moldeando nuestros gustos, como vemos con la publicidad. Hay unos marcadores de calidad impuestos por el grupo, unas profesiones que se valoran, un estatus socioeconómico que se aprecia o una marca de móvil que es símbolo de prestigio. Y vemos que, todo lo que quede fuera de esos marcadores de calidad, no está a la altura. Por supuesto, ese no estar a la altura es falso, igual que los marcadores también lo son, pero aun así nos influye.

Pero no todas las personas están abiertas a esos marcadores sociales, bien porque no convivan con ellos, bien porque no les afecte. Y, sin embargo, vemos cómo sigue existiendo la desconexión sobre lo que uno verdaderamente es. El miedo a no ser como los demás quieren aparece y condiciona la identidad individual de esa persona. Eso se debe a que no solo lo que hacen o tienen los demás nos influye, sino el miedo interno a ser diferentes, a que nos aparten por ser raros o por tener temas de conversación no normativos. Tal vez nadie nos haya apartado, pero vivimos con el pánico permanente a que lo hagan.

Independientemente de si en una persona pesa más la presión social o los miedos internos, vemos cómo puedes no saber quién eres. ¿Y en qué te afecta eso?

¿Qué ocurre cuando no sabes quién eres?

Lo que hago profesionalmente, hacia dónde me oriento, las relaciones que busco en mi vida o las metas que me pongo, vienen definidas por lo que yo soy. ¿Y si no sabes quién eres? Todos esos aspectos tendrán que ser llenados. El trabajo, mis metas, mis relaciones o mis valores tal vez no me satisfagan. Pueden estar bien, puedo tener el estatus que se espera socialmente, pero yo no me siento pleno. Siento que me falta algo… Y ese algo, es tan sencillo como que, todo lo construido, no se ha asentado sobre lo que verdaderamente eres.

Si mi identidad está aparentemente vacía, lo que venga a raíz de eso, también estará vacío y no sentiré que me aporte felicidad. Puede que no me esté haciendo sufrir, que no me esté restando, pero sé que no hay plenitud.

¿Quieres saber quién eres? Empieza por aquí

Hay un ejercicio con mecánica muy sencilla pero que nos acaba resultando muy complicado. Se trata de que en un folio en blanco respondamos a la siguiente pregunta: ¿Quién soy yo?

Haz lo con calma, tómate el tiempo necesario para meditarlo y poner tantas palabras o líneas como sientas que te definen.

Una vez hecho esto, léelo con calma. ¿Cuánto de eso te hace único? ¿Cuánto de eso se parece a lo que los demás esperan de ti? ¿Cuántas cosas negativas has puesto? Pero, sobre todo, ¿cuánto has tardado en responder a una pregunta tan simple?

Lo que acabamos viendo con este ejercicio, es que no sabemos o no tenemos del todo claro quiénes somos. Es el momento de empezar a construir esa verdadera identidad.

Construir lo que soy

Para tener clara mi verdadera identidad y ser fiel a mí mismo, tengo que saber tanto lo que soy como lo que no. Debo apoyarme en mis verdaderas fortalezas y guiarme por mis valores auténticos. Estas dos estructuras, las fortalezas y los valores, son únicas en cada persona y son en las que nos deberíamos apoyar para construir todo lo demás.

  • Fortalezas: ¿Cuáles son esas habilidades innatas que tienes? Nuestras fortalezas aparecen desde la infancia. Algunas personas las mantienen y potencian durante toda su vida. Otras personas las pierden en la adolescencia por la presión grupal o los miedos internos. Es el momento de conectar con ellas.
  • Valores: ¿Qué guía mi vida? Tengo que tener claro que siempre hay una brújula en mi vida, algo que me hace orientarme a metas. Y si no son mis propios valores esa brújula es porque estoy comprando los valores de la sociedad. Busca tus verdaderos valores.

La identidad de una persona ha sido moldeada por diferentes variables a lo largo de toda su vida. Cuando la influencia externa es fuerte, esa identidad se borra para adaptarse a las expectativas. Pero nunca se borra del todo. Todos tenemos dentro lo que verdaderamente somos. Solo está ahí dentro esperando ser recuperado para que empecemos a vivir con coherencia.

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