Cuando establecemos un vínculo con una persona, no siempre sale como a nosotros nos gustaría. Y eso no suele ser producto del azar. Las relaciones se construyen y podemos habernos dejado bases sin introducir ni asentar. Es ahí donde todo se tambalea, nos sentimos inseguros, no confiamos o vemos que la relación no es justa o equilibrada. Además, eso no siempre se debe a la otra persona, ya que la responsabilidad es compartida. Por eso, debemos asegurarnos de que todas las bases de la relación se construyan de forma sana.

Cualquier relación

Todas las relaciones que formamos con las personas de nuestra vida se forjan a través de los vínculos. Emocionalmente, se necesitan las mismas bases y usaremos las mismas emociones para relacionarnos. La seguridad o la plenitud, por ejemplo, se pueden sentir con cualquier persona. Lo que va a cambiar, será la profundidad y la intimidad.

Si tenemos en cuenta esto, que nos vinculamos de la misma manera, independientemente de si es con nuestra pareja que con un compañero, vamos a poder trabajar las bases de la misma forma. No es necesario que aprendamos a relacionarnos diferente, ya que los vínculos sanos lo son, independientemente de quién tengamos enfrente.

Emociones y relaciones

Las emociones, aquello que sentimos, no son meras reacciones al ambiente. Todo tiene una determinada función. No existen las emociones positivas ni las negativas, ya que todas buscan que alcancemos unas determinadas estructuras beneficiosas para nosotros. Lo que sí sentimos como negativo o positivo es el mecanismo que usan dichas emociones para avisarnos de que algo ocurre. Y esas mismas emociones son las que nos ayudan a la hora de vincularnos con los demás. El miedo que me avisa de que la otra persona está siendo invasiva o la tristeza que me dice que hay partes de la relación que no alcanzan mis expectativas. Todas nos ayudan a que las bases sanas de una relación puedan formarse y consolidarse.

¿Siempre nos avisan correctamente?

A medida que vamos creciendo y vamos teniendo experiencias, el funcionamiento de nuestras emociones puede distorsionarse. Siguiendo con los ejemplos anteriores, mi miedo puede estar en hipervigilancia y aparecer de forma constante. O, ante algo que no está a la altura de mis expectativas, en lugar de reaccionar con tristeza, se me activa la rabia. Es aquí donde las bases que deberían construirse de forma saludable, tal vez no lo hagan. Por eso, debemos aprender a trabajar cada emoción y cada estructura de la forma correcta, aquella para la que dicha emoción está diseñada. De esta forma, todo lo que construyamos desde allí, siempre nos ayudará en nuestro bienestar y en el de los que nos rodean.

Elementos de una relación sana

Hay dos elementos imprescindibles para que una relación, del tipo que sea, funcione de forma correcta: la seguridad y la entrega. Estas dos estructuras nos ayudan tanto a poner límites como a quitarlos, tanto a decir no, como a decir sí. Son dos opuestos complementarios imprescindibles para que podamos vincularnos afectivamente. Y, a través del conocimiento de estas dos estructuras, podremos saber cómo relacionarnos mejor, para sentirnos bien y disfrutar de relaciones más profundas.

Primer elemento: seguridad

La seguridad es la estructura que persigue la emoción del miedo. Para ello, esta emoción diagnostica el estado de las cosas. Permite saber si algo es potencialmente peligroso para nosotros, si hay una amenaza real para algún tipo de área de nuestra vida. También detecta todos los límites necesarios a establecer para que todo pueda fluir desde la seguridad. Esos límites son tanto los que yo coloco fuera de mí mismo, como dentro. Las normas que rigen lo que yo necesito y me satisface y lo que no debo hacer a otros.

Para alcanzar esa seguridad, el miedo, ante todo, detecta amenazas reales a nuestra seguridad. Si lo que detecta son amenazas falsas, ese miedo estará fuera de mi control, ya que no tendré poder para poner límites, ya que no hay donde ponerlos. Si en cambio, ante una amenaza real no activo el miedo, todo arrasará conmigo o seré yo el que arrase con los demás y con mi propia vida.

¿Qué define a una persona que no sabe establecer la seguridad en las relaciones?

Cuando no establecemos seguridad por exceso de miedo, somos personas que necesitan controlar a los demás. Necesito sentir seguridad apoderándome de lo que otro piensa, siente o necesita. Creo que estoy en posesión del mejor camino y los demás deben seguirlo. Al final lo que logro es que el otro no sea dueño de su propia vida, sino que lo acabo siendo yo.

Y cuando no establecemos la seguridad por falta de miedo, seré una persona que no sabrá donde están los límites. Querré ser el centro de atención, no permitiré hablar o menospreciaré al que me quite el protagonismo. Puede que lo haga porque no diferencio bien dónde termina mi espacio y donde empieza el del otro, pero tampoco querré escuchar cuando alguien me recuerde esos límites.

Segundo elemento: entrega

Es la función a la vez antagónica y complementaria de la seguridad. Nos permite evaluar las oportunidades, detectar donde sí puedo abrirme y ser yo y con quién. Puedo ver alianzas, compromisos y uniones sanas con los demás. Desde aquí actúa la solidaridad y nuestra capacidad de vincularnos a otros.

La entrega es abrir las puertas de nuestra vida a los demás, de posibilitar el acceso, quitando los límites y las corazas. Establecemos puentes en la entrega, abrimos el diálogo y decimos sí a las cosas que el otro nos ofrece, igual que ofrecemos nosotros. Es darme sin miedo (porque la seguridad ya se ha establecido con el primer elemento). Esto es lo que hace la emoción del amor.

¿Qué define a una persona que no sabe establecer la entrega en las relaciones?

Por exceso de entrega, nos volvemos salvadores y paternalistas. Buscaremos al que consideremos débil, querremos hacer las cosas por él, sin enseñarle cómo se hacen, y acabaremos por anular su autonomía. Necesito salvar al otro porque creo que esa es mi misión en la vida. Y solo yo puedo hacerlo, entregando mi sacrificio por los demás, sin tener en cuenta si lo merecen o si eso me pone en peligro.

Y por defecto, somos cínicos y avasalladores. No me daré a los otros, porque no confío y porque creo que lo que debo es aprovecharme yo. Creo que el mundo es una jungla y que solo ganan los más listos, los que nunca dan y solo ponen la mano para recibir, aprovechándome así de la bondad ajena.

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