La sobreprotección y el control son mecanismos que usamos con los demás, aunque también con nosotras mismas, cuyo fin es cuidar al otro, evitar los posibles peligros y marcar lo que consideramos que es el camino correcto. Detrás de esos mecanismos, siempre existe la intención de hacer el bien, pero eso no quita que podamos estar dañando a la otra persona o, incluso, usar herramientas que acaban intoxicando y rompiendo el vínculo. La sobreprotección y el control acaban siendo formas de invadir y marcar cómo deben pensar, sentir o actuar los demás, lo que nunca está justificado, conllevando, además, peligros añadidos.

¿Qué es la sobreprotección y el control?

La sobreprotección y el control son una serie de mecanismos llevados a cabo por determinadas personas de cara a los demás. Tienen dichos mecanismos un fin muy claro: evitar el peligro que puedan sufrir los demás y marcar de qué forma deben hacerse las cosas porque es, según la persona, lo mejor. Dicho fin, por tanto, está diseñado para favorecer a la otra persona, ayudándola y apoyándola. Sin embargo, ¿realmente vemos eso a nivel práctico? Esos mecanismos son extremos, pasando de la ayuda a la invasión, de la sugerencia a la imposición.

Independientemente de que el fin quiera ser positivo o haya una buena intención, se sobrepasan determinados límites que coartan la verdadera seguridad, libertad y autovaloración de quien lo está recibiendo.

Variables de personalidad y condiciones externas

No todas las personas tienden a la sobreprotección y al control. Sí que es cierto que hay determinadas situaciones o vínculos concretos que predisponen más a ello. Aunque son realmente las variables de personalidad las que determinan si finalmente la persona se basa en la sobreprotección y el control.

¿Qué tipos de personas tienden más a ello?

Dentro de la sobreprotección y el control, hay determinadas personas que son directamente propensas a ello. Aunque no quiere decir que finalmente pongan en marcha esos mecanismos, sí sienten la necesidad de hacerlo y creen que les dará la calma que necesitan. Aunque, como veremos, dicha calma ni es real ni duradera.

  • Miedo excesivo: una persona que vea a su alrededor un sinfín de amenazas tenderá a protegerse y a proteger a los demás. Como está en hipervigilancia sobre los peligros, la protección se excederá y será controladora con las situaciones que podrían suponer un peligro. Lo óptimo no sería la ausencia de miedo, sino el saber qué amenazas son reales, cuáles falsas, y actuar únicamente sobre las primeras.
  • Rabia desconectada: Al no saber usar bien esta emoción, la persona se sentiría indefensa ante manipulaciones, ataques o agresiones. Por tanto, como prevención, anticipará dónde podría haber un conflicto y controlaría la situación de tal forma que esto no ocurriera. También habría mecanismos de sobreprotección. Por ejemplo, no ir a un viaje con amigos porque tal vez surjan roces. Estas personas activan la sobreprotección y el control sobre todo con ellas mismas.
  • Orgullo elevado: El control es una de las máximas de estas personas. Tienden a la autoexigencia y a la responsabilidad. Se colocan el peso del mundo sobre los hombros y creen estar convencidos de que, si algo pasa por su cabeza, es una verdad absoluta. Así, los demás deberían seguirlo y, si no lo hacen, son unos irresponsables. Buscan aleccionar a los demás, marcarles el camino y dirigir su vida para que sean cada vez mejores. Su intención es buena, ya que quieren sacar la mejor versión de cada uno, pero lo hacen sin que nadie se lo pida y sin flexibilizar el pensamiento viendo que hay otras opciones también válidas.
  • Amor elevado: Su mayor afán es salvar al otro de todo sufrimiento o daño. Para ello, prefieren sufrir ellas mismas el dolor. Se sacrifican e insisten en salvar y salvar, aunque nadie se lo pida o, incluso, cuando se rechaza de forma directa su ayuda. Además, tienen una peculiaridad y es que, como buscan salvar, siempre lo harán sobre el que sea más tóxico, olvidándose de quien realmente merece su amor.
Falsa calma

La sobreprotección y el control generan una sensación de falsa seguridad y calma en quienes lo ejecutan. Detrás del “ayudar al otro” se acaba escondiendo un “si las cosas las haces como yo quiero, estoy en paz”. Esto genera un círculo adictivo donde debo controlar más la situación. Siento un breve estado de tranquilidad cuando sale como yo quiero, que dura poco y que me lleva de nuevo al control, esta vez con más intensidad.

El círculo adictivo de la sobreprotección y la calma radica en las variables de personalidad de quienes lo llevan a cabo. Son sus propios miedos los que activan estas necesidades: miedo a cualquier pérdida, miedo a cualquier conflicto, miedo a que todo se desmorone si no lo hago yo, miedo a que no me quieran… Y los miedos que no son directamente enfrentados y superados, solo crecen y nos dañan aún más. Además, con los mecanismos de la sobreprotección y el control, también dañamos lo vínculos con los demás.

Anular al otro

Uno de los mayores efectos negativos que tiene la sobreprotección y el control es que acaba anulando por completo a la otra persona. Cuando yo ayudo en exceso, marco lo que se tiene que hacer, decir o pensar, cuando te salvo de todo peligro, te estoy prohibiendo la capacidad de ser responsable de ti misma y de crecer y transformarte. Acabo anulándote, impidiendo que adquieras herramientas emocionales, que sepas enfrentarte a retos o que, simplemente, aprendas qué es la frustración y cómo se gestiona.

La sobreprotección y el control son herramientas que, por muy buena intención que parezcan esconder, suponen una trampa tanto para el que lo ejecuta como el que lo recibe. El que lo pone en marcha, está escondiendo detrás sus miedos y el que lo recibe está siendo anulado. Sin embargo, estos mecanismos están muy extendidos y asentados en algunas personas. Esto genera malestar, ruptura de vínculos y diferentes problemáticas que pueden ir haciéndose más grandes con el paso del tiempo.

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